Culebra sibilina

El remordimiento es una culebra sibilina. Se desliza en silencio e irrumpe en nuestro pensamiento en milésimas de segundo. Deposita la imagen de la desazón y deja tras de sí una estela de variopintos pensamientos de inútil aplicación con los que la persona se flagela de diferentes modos, según su personalidad le ordene.

Este reptil tan desagradable tiene además la incómoda peculiaridad de ser obsesivo-compulsivo. Vuelve una y otra vez al sujeto recipiente -que no paciente- no se sabe bien con qué intenciones. Gusta de regodearse con sus repentinas visitas, inanunciadas, que provocan dilatación de las pupilas de quien retiene por la fuerza la imagen del desastre, vívida, por vigésimonovena vez.

Es quizá tan insolente porque se lo permitimos. Dicho de otro modo, porque no somos capaces de perdonarmos. De admitir nuestra caterva de errores, fallos, impulsos, acciones u omisiones y otras miles de formas de hacer daño. A uno mismo y a otros. Admitirlo y perdonarlo. No hace falta justificarlo. Sólo es necesario un poco de autoamor y condescendencia propia. Entretanto, la culebra campea a sus anchas. Alimentada de nuestros propios sinsabores, se alía con los miedos, la soberbia, y los temores; y domina las tierras mientras serpentea entre ilusiones, pensamientos, deseos y sueños. 

La fotografía es de Javier Escudero.

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Elena Silvela

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