Cuidar

Desde el campo de la bioética y desde la medicina y la enfermería se habla mucho de “cuidar”, “cuidado”, “cuidado paliativo”. La base de esta sensibilidad por el “cuidado” que parte del campo médico no es nueva pero sí que, en el pensamiento occidental, no se había dado una teorización sistemática de este concepto ético. El sentimiento que transforma a las personas en importantes para nosotros se llama cuidado.


En 1996 el teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los grandes escritores de la Teología de la Liberación publicó una trilogía que tituló “Saber cuidar; ética de lo humano”, cuyo resumen se puede encontrar en un artículo del mismo nombre. El título ya contiene en sí la intención del autor: lo  genuinamente humano es la intención de cuidar; lo que más nos hace humanos es el cuidar del otro débil, del que nos pide ayuda. En palabras del mismo Boff: “Hay algo en los seres humanos que nos distingue y nos cualifica como tales, como humanos: es el sentimiento, la capacidad de emocionar-se, de volverse sobre sí mismo, de afectar-se o, dicho con otras palabras, la capacidad de cuidar-se y de cuidar a cuidar de aquello que no soy yo”.

La tradición filosófica occidental ha estado obsesionada por descubrir la facultad que nos hace más humanos. Casi siempre ha sido la razón, el Logos, la triunfadora. Desde la Ilustración ha sido la potencia humana fundamental. Si no somos racionales, no somos seres humanos. Por el contrario, siempre ha habido quienes han luchado contra este racionalismo muy a menudo exacerbado, reduccionista y excluyente. A lo que se tiende, al menos desde corrientes cercanas al humanismo, es a una concepción más holística e integradora, donde al ser humano se le concibe como una unidad psicosomática dotada de infinidad de facultades unidas entre sí. A mí me parece lo más acertado; lo otro es la tentación del racionalismo.

Pues bien, junto al Logos (y otras potencias), está el Pathos, el “padecer con”, la compasión que reconoce en el otro débil un Otro. Sólo en salir del ensimismamiento, del mirarse a uno mismo el ombligo y acercarse al otro, se realiza el yo en un “nosotros”. Sin compasión, sin una mirada de acercamiento con intención de ayudar no hay cuidado. Es el primer paso.

En mi opinión, si queremos cuidar hay que trabajar estos aspectos:
• Para cuidar hay que compadecerse. Es decir, mirar a los demás con compasión, volver la mirada y no quedarnos mirándonos a nosotros mismos.
• Para cuidar hay que cuidarse a uno mismo y estar cuidado. De poco sirve querer cuidar si no hemos sido capaces de querernos a nosotros mismos, de sanarnos, de estar bien.
• Hay que sentirse afectado por el dolor ajeno, pero sin ser parte del problema, sabiendo mantener una cierta distancia para tener clarividencia y no convertirnos en parte del problema.
• Mirar a los ojos con distancia corta. No puedes cuidar si no enfrentas la mirada, si no logras que el cuidado sienta cercanía, solidaridad, sin contacto físico.
• Hay que educar la sensibilidad para descubrir al otro que sufre. La aceleración de vida que tenemos, el supeditarlo todo a horarios eficaces hace que no tengamos oídos para el grito de dolor. Educamos esta sensibilidad ante el anciano desvalido, ante el niño recién nacido, en contacto con la inmensidad de la naturaleza de la que formamos parte, con la emoción estética ante la obra de arte.
• Ser tiernos (educar ese corazón que no es de piedra, sino de carne), que se conmueve, llora y ríe. Somos seres que sentimos. No hay que negar los sentimientos que conmueven.
• Crear en nosotros herramientas eficaces de cuidado. Hay que saber cuidar. Queriendo cuidar sin razonar cómo cuidar es atropellar.
• Aceptar que, por mucho que nos acerquemos, puede que el otro no quiera ser cuidado. Hay que respetar esa decisión, aunque no la comprendamos. Sólo nos queda hacer saber que estamos ahí, pero nada más.
• Preguntarnos siempre por qué cuidamos y para qué cuidamos. Es decir, encontrar razones y motivaciones fundamentales, últimas que impulsan nuestra labor cuidadora. Si se olvidan, el cuidar se convierte en activismo y, al final, abandonamos, quemados.
• Cuidar nuestro ser social, nuestra pareja, nuestra familia, nuestro amigos, el entorno laboral en que estamos, la ciudad o pueblo en que habitamos. Aislados no estamos en contacto con el otro. Si no estamos con otros, no descubrimos a quien nos necesita.
• Cuidar la naturaleza, el planeta en que habitamos y del que formamos parte. Sin naturaleza no subsistimos pero somos la parte de la naturaleza que más influye en ella. De ahí nuestra responsabilidad ecológica.
• Cuidar del niño, del enfermo y del anciano. Son los seres humanos más débiles e indefensos y de los que más tendríamos que preocuparnos. De ellos aprendemos también a cuidar.
• Hacer de nuestro “padecer con”, no un mero ataque de amor sensiblero, sino un “padecer con el otro social”. Muchos de los problemas que sufrimos se deben a causas sociales, políticas o económicas. Una manera de cuidar del otro es el compromiso por la cosa pública, el compromiso político o la lucha por las grandes causas y por los pequeños problemas sociales de nuestro barrio (concreción de esos grandes males).
• Tener sueños de solidaridad y de generosidad. Hay una serie de valores, que en nuestra escala deberían estar muy arriba: son los que nos sacan de nuestro egoísmo, los que nos hacen ver una sociedad diferente, más humana, por la que merece la pena luchar. Interesa vendernos el individualismo, la autorrealización y el éxito solitario como valores cuando no somos felices solos, ni el éxito es escalar una montaña para tener el mundo a nuestros pies (en soledad).

 

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Juan Carlos Vivó

Juan Carlos Vivó Ha publicado 25 entradas.

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