Cuando tengamos un rato – por EVA MARÍA CASTILLO

Caminaba despacio dando distraído a la misma piedra, seguirla en su recorrido me ayudaba a dar los pasos necesarios para avanzar hasta alcanzarla de nuevo, sonreí, cuánto hacía de aquello…, así seguí hasta que sin darme cuenta había llegado al banco donde había quedado contigo de nuevo, nuestro banco, le llamábamos, en el parque del barrio donde nos juntábamos los amigos a comer pipas, a charlar de todo y de nada, en el ritual que cada tarde nos hacía compartir nuestras vidas, donde encontramos refugio, nos contábamos y comparábamos obligaciones y deberes de hacerse mayores con prisas, de afrontar rebeldías y sueños, incomprensiones y apoyos de juventud.

Aquí mismo, subidos en el respaldo unos, sentados los otros, y los incómodos con la vida y el universo entero permanecían de pie, argumentando quejas de los que no comprendían su mundo, cómodos con los que asentíamos pues vivíamos perplejos los inconvenientes de crecer con la misma edad, año arriba año abajo, donde surgieron disputas y confidencias, amistades y promesas de no caer en el aburrimiento de los adultos, esos serios y conformistas, exagerados e ignorantes de nuestra generación.

Sin poder evitarlo, el banco, nuestro banco, fue quedando vacío, cuando se estrenaron emociones, se encontraban miradas y probamos romances, caricias y roces, juegos inocentes y prohibidos. Algunos pasaron a juntarse en los bancos algo alejados, ocultos por las ramas de los árboles de las ventanas que miraban al parque, otros dejaron poco a poco de bajar, aburridos de dejar de compartir los temas de antes, esos que impiden asentar la cabeza y ser de provecho, como tantas veces nos repetían.

Ese banco, nuestro banco, en el que un día te ofrecí la mano para ayudarte a bajar y ya me quedé con ella, con mi sonrojo y tu corazón. Tú y yo nos atrevimos a contarnos los miedos y los sueños, paseando de la mano alejándonos, un poco, eso sí, del banco común, el de la infancia, para emprender juntos el camino, ya no recuerdo, han pasado quince, veinte años y me descubro como un chiquillo nervioso como entonces.

Muchas veces nos habiamos dicho, tenemos que volver a quedar en nuestro banco cuando tengamos un rato y hoy te espero, como antes, con algunas huellas blancas que el tiempo me ha ido pintando en el cabello, esas que insistes en decir que me favorecen porque las has visto ir marcándose, tantas como años junto a mí.

Te espero, para contarte sin prisas la vida compartida, sin agenda ni calendarios, te volveré a ver para cogernos las manos y seguiré perdido en tu mirada que me abraza y sostiene en los momentos que nos puede la vida, reinventaré tus abrazos en mi memoria para que me consuelen en las noches de cansancio, cuando el día nos agota y en silencio nos iremos a dormir sabiéndote cerca, acompañados en la certeza de nuestra complicidad.

Hoy te mantendré junto a mi pecho y en cuanto los besos nos den un segundo nos sentaremos en el banco, nuestro banco, a recordar los momentos vividos, los buenos y los otros, aquellos que las horas y los días nos hicieron olvidar las palabras que silenciaron las tareas y las cosas.

Hoy quiero tener todo el tiempo para ti, sin que sea en momentos robados, hoy volveré a cogerte la mano sintiendo tu sonrojo y desearé que quieras seguir teniendo mi corazón.

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Eva María Castillo

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