Cuando la musa falla

“El viejo se tumbó en la nieve. Punto”. Lo he escrito despacio, con deleite casi; es una frase que me ronda así, literal, desde hace tres días. Y me suena bien; pero ahí acaba la cosa.

 

—Pues vaya mierda—. Mi crítico interno se despierta, qué poco duerme este chico—. Es una magnífica y esplendorosa mierda, supongo que ya lo sabes…

—Ya, pero es que tengo prisa; tengo que entregarlo hoy.

—Eso no me vale como excusa.

—Pero a mí, sí.

—Sí, ya imagino; siempre fuiste muy poco perfeccionista.

 

Paso de contestar. Abro y cierro el cuaderno; lo vuelvo a abrir y trinco la esquina de abajo del taco. Dejo que las hojas caigan despacio, unas sobre otras, blancas y perezosas como un abanico cordobés en pleno mes de agosto. A algunas les cuesta despegarse de entre sí, como si no quisieran hacerlo, y me entretengo tomándolas de nuevo. Las aireo, separándolas. Rip, rip, riiiiip. Las esquinas se doblan, un poco despatarradas, hacia arriba.

 

Veo al viejo tumbado en la nieve, pero ¿quién es, qué hace ahí, por qué se tumba? Qué asco.

“El viejo se tumbó en la nieve boca arriba, un poco despatarrado…Puntos suspensivos”. Y ya no pasa nada más. Siento cómo el otro se contiene para no ser demasiado desagradable, pero no lo consigue. No se puede callar, es superior a sus fuerzas.

 

—Sigue siendo una mierda…

—Ya, pero es que sigo teniendo prisa.

—Eso sigue sin ser una excusa

—Y tú sigues siendo un coñazo. ¿No está tu primo el creativo por ahí? Tú no me sirves.

—Pues no, no está. Se tumbó en la nieve boca arriba, un poco despatarrado… Y se durmió.

 

Silencio. No le río la gracia y sigo dándole vueltas al boli, con la mirada hacia arriba; busco en el infinito una frase genial pero solo encuentro el techo. Está sucio; necesita una mano de pintura con premura, toma ya pareado.

 

—¿No escribes nada más? ¿No tienes nada más que decir?

—Sí, que te vayas a la mierda y me dejes en paz. Por favor.

 

Cambio de color; ahora cojo el negro. Estoy de luto. El boli no hace ningún ademán de trabajar, y el cuaderno no salta hacia su encuentro; no hay baile entre ellos, esta vez no parecen tenerse mucha simpatía. Les cuesta, sí; les cuesta arrancar. Tendré que hacerlo yo.

 

“El viejo se tumbó en la nieve boca arriba, un poco despatarrado; pero le dolía el pecho muchísimo. Un desengaño amoroso y un tiro descerrajado a bocajarro se lo habían roto. El aire que pasaba por él helaba todo el camino hacia sus pulmones. Un chorrito lento y caliente de sangre, muy fino, manchó y medio derritió la nieve bajo su costado al cambiar de postura. Una vez boca abajo se sintió más cómodo, casi aliviado. Apoyando la cara sobre su brazo derecho, el viejo esperó. Al cabo de un rato, se durmió y algo más tarde se murió sin nadie a quien decir adiós. Punto final”.

 

—¡Toma ya nudo y desenlace! Y qué exquisitos vocabulario y redacción, ¡mamma mía! Y eso sin mentar las cacofonías…

—Déjame en paz.

—No sé qué dirá tu profesor de escritura, pero a nada puntilloso que sea…

—No lo es tanto como tú, tranquilo.

—Mejor para tu autoestima así que felicítate. Yo te la descerrajaba de un tiro, ya sabes.

—Bueno, tú, me voy, que no llego…

—¡Adiós, Cortázar!

 

Salgo mosqueado dando un portazo.

 

La verdad, sigo sin saber para qué sirven los críticos; no ayudan nada, qué papel tan antipático tienen.

CríticoInterno

Rosa H. Mula

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