Cuando dos mujeres desean lo mismo…

Cuando dos mujeres desean lo mismo, el entendimiento es inalcanzable; la armonía, imposible, y la amistad, sencillamente, una utopía. El objeto de deseo no podía ser más atrayente ni regalarles un placer más pleno. No tenía el porte de George Clooney ni el brillo de un diamante. Ninguna de esas trivialidades sería suficiente para las que soñaban con escalar más cotas, alcanzar otras cimas, dominar las esferas de poder.

“Alpinistas” avezadas, querían gobernar en ese reino de los eufemismos, donde ya estaban habituadas a manejar sin rubor expresiones como “navegar en el mismo barco” o “remar juntos en la misma dirección”, mientras se lanzaban elocuentes miradas y el odio refulgía en el pulido roble de la mesa de reuniones. Estaban acostumbradas a “salir a flote” entre las afiladas rocas de enemigos o en mares abiertos donde convencer era vencer en femenino, sutilmente, con medias mentiras, insinuaciones ciertas y golpes de efecto en palabras sin compasión. Después del tiempo transcurrido en la misma empresa, vigilándose de reojo en cruces, travesías y socavones, creían disponer de armas suficientes para imponerse.

Cuando se conocieron, supieron al instante que serían rivales irreconciliables. Lo notaron en el primer cruce de miradas; la envidia se extendió en el aire como una señal que las perseguiría después. Lo supieron porque cada una observó en la otra lo que admiraba, lo que quería y no tenía. Jamás se lo confesarían, guardarían la sensación como su mayor secreto, pero deseaban las virtudes de la otra tanto como las detestaban.

Una era alta y rotunda, de inteligencia viva y discurso brusco y resolutivo. De rasgos agradables, había sacrificado su maternidad sin pena, igual que el tono castaño de su pelo para aclararlo hacia un rubio suave, un tópico de belleza en el que creía firmemente. Jamás admitiría que usaba a discreción su atractivo de mujer, igual que tampoco reconocería que los hombres la halagaban, pero no la satisfacían más que cuando acataban sus órdenes. Al resto de mujeres las trataba con displicencia, con suficiente distancia para que la rozaran sin tocarla y mantenerlas bajo control.

La otra trataba de estar a su altura sobre unos elevadísimos tacones que resonaban por los pasillos de mármol. De rostro dulce y cabello oscuro e indomable, tenía una memoria prodigiosa que brillaba tras la ambición, el sentido de la vergüenza y los prejuicios de una provinciana de educación religiosa que siempre creyó saber dónde estaba el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Suplía su tono de voz leve con largas pausas y frases repetidas con intención, ocultando su miedo a salirse del guión marcado y justificar todos los sacrificios.

2013-10-03 11.50.39Las dos mandaban con brío y organizaban con efectividad. Y sobre todo, pensaban por él, por aquel hombre indolente que se había convertido en el único escollo para sus aspiraciones y que ahora debía tomar una decisión. El viento de la envidia había arreciado en las últimas semanas y el aire se había convertido en irrespirable. Ambas movían a sus devotos y bregaban de un círculo a otro para conseguir más acólitos. Ambas creían tenerlo en sus manos: él dependía de ellas, las necesitaba, lo eran todo para él. Pero sólo podía quedar una.

Cuando aquel hombre recibió las llamadas, casi al tiempo, la misma frase en las dos voces femeninas le retumbó en la cabeza: “O ella, o yo”. Respiró hondo y se rascó con calma las púas de la barba. Aquella tarde se enfrentaba a un tremendo dilema y el resto le importaba muy poco. De la elección dependía un triunfo o un fracaso y, después de achicar los ojos y fruncir levemente el ceño, con su característica apatía, tomó una decisión: se llevaría un hierro 5 para los primeros hoyos y el resto trataría de ganarlos con uno del 3.

Antes de salir hacia el campo del golf, con una elegante bolsa adornada por un caballito rampante, se giró y dijo a su asesor personal: “Entierra a la que pierda y limpia la sangre de la que sobreviva. Que no queden evidencias…”

María José Barroso

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