¿Cuál es el tuyo? – por ELENA SILVELA #misescritos

En el mostrador del banco hay un bote lleno de bolígrafos con el logotipo bancario. Son feos, de un color insípido y tienen pinta de escribir fatal. Pero agarras tres y los guardas en el bolsillo. ¿Por qué? Bien simple: porque hay una amenaza nuclear y desaparecerán de la faz de la tierra aquellos bolígrafos que no estén en casas particulares. Esos jaboncitos de hotel, tan cuadrados, tan limpios, tan nosequé que acaban en la maleta de vuelta a casa. Todos los jaboncitos que uno es capaz de acumular durante la estancia. Aunque haya que espachurrar la ropa. Y el bloc de notas. Y el calzador. Y ese estuchito redondo que abrillanta los zapatos que nunca logras encontrar cuando decides usarlo. Las mini bolsitas de mayonesa, mostaza y ketchup de una hamburguesería. Porque es posible que algún día tomes perritos calientes en casa y no hayas comprado algo de lo anterior. Te llevas seis. O doce. Lo que quepa en el bolso. Dentro del armario de la despensa no pueden ponerse ordenadamente, tienden a caerse y acaban siendo abducidos en la basura por hartazgo. Hay otros ejemplos más exóticos. En el bufet del desayuno. Uno no se lleva la manzana, elemento fácil de portar en el bolso. No. Hay que llevarse el bollo, ese de crema que amenaza con manchar todo lo que encuentre a su paso. Tres servilletas, una encima de otra. O cuatro. El profesional de esta materia lleva film transparente en el bolso. Lo saca, lo corta con maestría y ya tiene a su disposición el manjar elegido para otro momento del día. Se siente muy satisfecho de zamparse una merienda a costa del bufet ese.

“Impulso irrefrenable” lo llama mi amiga. Todos lo padecemos alguna vez en nuestras vidas.

Hubo un tiempo en que decidí guardarme en el bolso todas los sobrecitos minúsculos de sacarina en polvo que me ofrecían con el café. Esa manía de poner dos o tres sobrecitos de sacarina cuando en la taza enana del café de sobremesa solo cabe, cúbicamente hablando, un sobre de esa sustancia, sirviendo únicamente para acrecentar la manía acumulativa. Recuerdo el placer al sacar los sobrecitos en casa. Incluso compré una caja transparente para contenerlos. Jamás los utilicé, tenía mi propia sacarina. Eran el “por si acaso”. Cientos de sobrecitos inútiles en la encimera de mi cocina. Cientos de sobrecitos de diversos colores y marcas que no me ahorraron ni un céntimo de mi presupuesto alimenticio. Recuerdo el extraño placer a ver crecer el nivel de la caja transparente. Quizá fuera un reto. Quizá fuera una simple y redonda estupidez.

Ese fue mi impuso irrefrenable, enfermedad de la que sané. ¿Cuál es el tuyo?

 

Fotografía de ANA SARACHO

Elena Silvela

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