Cruce de caminos – por PILAR RUBIO

Aurora se abochorna de verse así en medio de la calle, como tantas veces. Tumbada boca arriba en el asfalto, espera a algún señor de los que no tienen prisa, que la ayude a levantarse y revertir a persona normal, desapercibida, una más de las que trotan las aceras como sabiendo dónde van.

Su enfermedad tiene nombre de futbolista galáctico que ella juega consigo misma a confundir (Robinson, Wilkinson, Parkinson…¡yo qué sé!). Los dos apellidos, sin embargo, se le grabaron a la angustia en la plancha de su memoria desde la primera vez: Precoz y Degenerativo, jodidas palabras que la marcaron desde aquel día  para siempre, haciéndola ser como ella es, dándole una contínua razón para vivir, para no rendirse, para no tolerar cobardías ni cesiones, para luchar a cara de perro con sus límites, con su autocompasión, para ser absolutamente intransigente con la peligrosa piedad de los espectadores de su calmada batalla cotidiana. Pero, a pesar de todo su valor, como una anacrónica Blancanieves, se queda congelada y se cae a veces cuando le dan un susto. Un grito, un claxon fuerte, y ella ya está allí, esperando a un jubilado príncipe encantado, que la rescate del follón en la vía pública. “Por lo menos no llueve”, piensa hoy tras murmurar una blasfemia trivial, de esas que se dicen casi por compromiso.

Pero esta vez es distinto.  Igual que en un anuncio de la tele, delante de ella frena un coche lujoso, gris plata, de esos de directivo, con sus antenas largas y sus cristales tintados. De él emerge, hasta con música, un hombre joven, con la vida de color claramente azul marino, alpaca en verano, franela en el invierno, raya impecable en el pantalón y entre las cejas, agarrado por el cuello en seda rosa simulando que intenta ser él mismo aún de uniforme.

“Pues no va y sonríe el cabrón……”, piensa Aurora, mientras él la ayuda.

“¿Te encuentras bien, necesitas algo, quieres un café?” sugiere el cabrón con cortesía. Aurora cabecea hoscamente imaginando la bofetada de su lástima. Transcurre un silencio denso, sin respuestas, cuyo efecto teatral se viene abajo por un extemporáneo “….me llamo Pedro”. Aurora, intuyendo el comienzo de un curriculum, define mentalmente a su príncipe con leve crueldad: “hombre, encima un chapas”, y murmurando un “muchas gracias” tajante como punto final de aquella historia, se esfuma entre la multitud de la Gran Vía. Pedro la intenta seguir al rebufo unos segundos, que en él es mucho tiempo; después, encogiéndose de hombros, vuelve a su coche, a observar de nuevo el mundo, tintado, amortiguado, lejano, con fondo musical y conflictos sobre números. A salvo de emociones y alegrías con su coraza gris metalizada con refuerzos laterales y zonas de absorción para impactos imprevistos.

Contra todo pronóstico, media hora después, Pedro sigue pensando en el encuentro. No logra entender que hacía aquella chica, allí tirada llamando la atención, tan diferente y tan borde. Su perplejidad dura toda una mañana, pero gracias a los tipos de interés de Islas Caimán, y tres reuniones, al final se disuelve entre las cifras, tras hondas reflexiones sobre la ingratitud como concepto.

En su despacho de gran jefe, herméticamente acristalado, en un edificio tan inteligente que los trabajadores tienen la sensación de estar de más, cobra un dineral por que sus clientes le imaginen infalible. Conoce sus límites, pero también ha descubierto la manera de sortearlos. Gobierna a sus chicos, los de abajo, de forma fría, discreta, y con amable distancia les introduce en su mimetismo vital, en que todos sean siempre como todos: “Si eres como cualquiera, si logras parecer un hombre como tantos, nunca se preguntarán quién eres, dónde estás, qué es lo que buscas. Creerán saberlo todo sobre ti, mejor aún, no les interesará. Y esa es la verdadera libertad”.

Lo que Pedro no sabe es que el mimetismo aparente y la desenfocada distancia a través de los cuales se protege de la vida, le hacen parecer muerto por dentro, ¿y qué coño si vive? ¿para que quiere vivir una lubina? piensan sus chicos en las cañas de las tardes a las que por supuesto, Pedro nunca fue. De hecho, a las cinco en punto de la tarde, él se desmaterializa en su despacho, que no sale, hasta que vuelve en carne mortal a la mañana siguiente. Corren rumores de que en su casa, que todos imaginan vacía y aburrida, de luces mortecinas, lunares ovalados en filas como ovejas que consiguieron sortear el aluminio aislante de las persianas bajadas, tiene alquilado oxígeno para él solito, como los chiflados del rock, para alargar una vida que dime tú pa qué.

Es medianoche. Un garaje, un barrio de reyertas, de vecinos que sólo salen de su camino en la acera, si cae el gordo en el bar o hay que volver a declarar ante la tele que algunos asesinos son callados y te saludan si te ven en la escalera. Si fuera Nueva York, chorros de vapor saldrían de respiraderos en el suelo. Como es Madrid, cae una lluvia fina, a mala leche, de las que ensucia las calles al disolver el humo polvoriento que tanto cuesta mantener.

De un portal oscuro, pequeño como todos, barrotes de aluminio y vidrio esmerilado, portero automático con varias teclas rotas, sale El Tito, pelo engominado, de punta, acento cani, camiseta negra, manga a medio hombro. Se despierta cuando dan las doce, se va para el taxi y empieza a hacer la calle. Es un “taxista fino”, vocacional, “por afición, como todos” dicen con sorna sus compañeros. Pero él sí le pone afición; le gusta observar a través de su mampara a la gente de la noche, los golfos, los tristes, los solos…….., tú y yo en alguna ocasión. Es amable y discreto, le caen bien sus clientes y tiene algunos fijos, conoce sus historias, le cuentan sus secretos, y le enseñan, cuántas cosas le enseñan. El Tito tiene claro que lo poco o mucho que aprendió de la vida se lo debe a esos tipos que por las noches necesitan, más que cualquier cosa,  alguien que les escuche. También él siente a veces que vive para esos ratos de amistad postiza, de falsa intimidad y nula implicación, que le dan una versión bastante cercana de la vida.

“Próximo que finalice”, está llegando a Alcobendas a recoger a algún economista renombrado que sale de la redacción de un noticiario. No tiene mucha prisa. Con los cristales empañados le es difícil ver el bulto en el asfalto. “Hostia, que me lo trago. ¡¡¡Pero será gilipollas….el pavo ése!!!”, derrapa ligeramente tras el frenazo” Uf, ¡menos mal que el ABS es cojonudo!”. Aurora, esta vez blasfemando de forma sonora y creativa, lleva un rato tirada. A las tres de la mañana no pasan jubilados por la calle. “Coño tía, ¿esto es por una apuesta o qué cojones?”, pregunta diplomático el taxista.  “¡Entra en el coche, anda, que estás para ponerte a escurrir!”. Los cristales se empañan aún más con la calefacción a toda marcha y la chica secándose, humeante.

En el retrovisor, se cruzan sus miradas. “¿Por una apuesta, pedazo de mamón?” reacciona Aurora fiel a su estilo. La respuesta atraviesa la mampara, impostando timidez: “¿Te encuentras bien, necesitas algo, quieres un café?”. “Hay que joderse, ¿a qué te llamas Pedro?” comenta ella con tono nasal, como de burla infantil. “Pues sí, la verdad, desde hace años. No encontré motivo para cambiarlo. Ni aunque los pibones que se caen por la calle se me rían. ¿Muchos golpes desde esta mañana?”. “Los suficientes” contesta Aurora, enfadada con su propio tono, blanducho de repente. En Alcobendas, en esta noche de lluvia, a las tres de la mañana, algún vecino se despertará sobresaltado por el escándalo de unas carcajadas, las de Pedro, el Tito, gurú de las finanzas, infalible de día, aprendiz de persona, confidente y espía por la noche, que está abriendo el capó del taxi y sacando herramientas para desmontar la mampara.

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Pilar Rubio

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