Crónicas del desarraigo – por LUIS CASAS LUENGO

Que los mayores duerman poco debe ser una ventaja evolutiva heredada de los homínidos recolectores. Frente a los especímenes jóvenes que, a igualdad de condiciones, mercarían toda la fruta disponible, los madrugones aseguraban a los ancianos la posibilidad morir atragantados y no de hambre. Y así, mientras la muchachada dormían sus excesos reproductores, sus progenitores devoraban los frutos como si no hubiera un mañana.

Doña Elena se me ha adelantado hoy. Justo hoy que Mercedes ha puesto a la venta la biblioteca de una pareja joven que ha emigrado a Uruguay. Por lo que veo en el montón amasado por nuestra ancianita preferida son, casi casi, novedades.

– Una pena lo de estos chicos. Irse tan lejos- Comenta Doña Elena- . Como en mi juventud. Claro que entonces, los que se iban no tenían nada que vender, pero esta parejita qué pena, vender sus libros. Si tienen ex-libris y todo. Mira.

Abre la novela y me muestra.

DSC_4057

Cierra el libro sin que me dé tiempo si quiera a memorizar su título. Sus  manos son garras de avaricia.

– No me mires así y haber madrugado, jovencito.

– Son las ocho y media y tengo cuarenta y nueve años.

– Yo llegué a menos cuarto y tengo setenta y siete.

– ¿Os vais a seguir presentando o vais a comprar? – pregunta Mercedes- Y lo digo por ti, Abogado. Elena ya lleva lo suyo, pero tú como no espabiles, te quedas sin ellos. Me los quitan de las manos.

– ¿Quienes, si solo estamos los tres?.

– Ahora acepto reservas por guasap, así que espabila que el grupo está que arde.

La miro dudoso. Subo una ceja con sorpresa como si supiera hacerlo, y como en realidad subo las dos y Mercedes lee sorpresa.

– Estoy de un digital que no quepo en mi. Con la tableta de Elena fotografío las portadas, las mando al Grupo de guasap y me van reservando.

– ¿y a mi porque no me has incluido?

– Porque tú no sales de aquí y ya tienes ventaja. Además los precios por guasap los subo un 10 por ciento y solo las mantengo ese día. Ahora estoy por hacer subastas pero antes tengo que fidelizar al grupo.

Elena sonríe a su alumna con orgullo: Sólo me falta que Mercedes lea en digital.

– No vivirás lo suficiente, Elena.

– Ni tú heredarás la tableta. La tengo apalabrada para mi hijo Bobo.

Levanto, ahora sí,  las dos cejas: ¿Tienes un hijo tonto?-

– Pero muy guapo. Pensar le cansa, dice. Pero le gusta leer.

– Otra cosa es que le aproveche.

– Ya me dirás tú a mi en que nos ha aprovechado a nosotros tres, Mercedes, bonita. Si al menos supiéramos escribir y publicáramos. Mirá tú a este – y me señala- Si al menos el blog le diera para café.

Sonrió por el halago de que Elena lea mi blog y voy a agradecérselo cuando la veo agarrar con desafío La tregua de Benedeti. Otra vez me gana por la mano, yo ya perdido en una competividad que me hace olvidar por un momento que ya la tengo y que no me gustó nada.

– Anda, han dejado atrás al único uruguayo que conocen los españoles.

– Por la canciones de Serrrat, será- Tercia Mercedes- Mi Paco me canta de vez en cuando lo de Una mujer desnuda y en el oscuro.

– Tampoco estás tan mayor como para apagar las luces, Mercedes bonita.

Solo me río cuando las veo a las dos reír, pero con el temor de pisar terreno ajeno y minado. Hay gracias de las que solo se pueden reír las mujeres.

– Pues espero, digo, que allá descubran otros uruguayos y que te los recomienden si es que vuelven, Mercedes. Yo uruguayos, salvo el omnipresente Benedetti, solo he leído a María Silva Schlutze y su Limpieza es una mentira provisoria. La moraleja me gustó: Todo se hace para deshacer y volver a hacer. Claro que es  un monologo de una mujer en su cocina, existencial sin pretensiones. O el triunfo del existencialismo, si quieres. Habría que ver que piensa Sartre de verse transmutado en un ama de casa en la República Oriental del Uruguay. Pero no hay mayor triunfo, digo yo, que ver traducidas miles de sesudas páginas en las tareas diarias de un señora.

– Díselo a Dios que está entre los fogones.

– Mercedes, te vas a condenar con tanta irreverencia.

– El párroco ya me lo he comentado, sí. Y varias veces. Qué se le va hacer. Pero mira, Abogado transcendental, a mi esas historias me gustan por la forma, que como no innoven algo por ahí se quedan en crónicas de fracasos. Me gustan más las historias de gente que vuelve a empezar mandando todo a la mierda.

– Pero antes de entender cómo se empieza de cero, te han de contar el desarraigo. La limpieza lo es.. el desarraigo de tu propia elección, de aquella que pensabas que era la acertada cuando haces lo previsto, lo que es normal.

– Ya- me interrumpe Elena- y lo que se espera de ti… No jodas con frases hechas. Al desarraigo se llega también por valentía. Los que no plantean alternativas, no caen en el desarraigo. No hay mayor desarraigo que el que del tu propia vida. Elegida, además.  Con lo a gusto que se está en la normalidad. Luego también suerte y valor para empezar de nuevo.

– Yo para eso nunca he tenido cojones.. Llevo tres años en la raya donde cobardía y prudencia son sinónimos. Si no escribiese tus cosas, Mercedes, estaría en la autocompasión. Una pequeña crónica del desarraigo si me que podría salir … digo yo.

No me aparto a tiempo y Doña Helena me da un ligerísimo toque con el bastón que me hará cojear dos días.

– Qué desarraigo ni que leches, niño, que estas en Sevilla y no está tan lejos de nada. De hecho está donde tiene que estar. El desarraigo es el que tendrán esos pobres  Sol y Jesús que ni sus libros se han podido llevar. Se los habrás comprado a buen precio, ¿no? Mira que me han dado pena a mi esos chicos.

– ¿Y por qué tengo que subvencionar yo sus penas, Elena?. El mejor homenaje que les puede hacer es comprar más de sus libros con un diez por ciento más del precio marcado

Elena no contesta segura de su venganza. Merecedes no se aparta cuando la ve enredar en su bandolera pero se espanta al verla sacar, despacito, la digitalización del Mal:  Elena enciende su tableta.

– Pues te voy recomendar un libro, Mercedes querida, que tú nunca podrás revender.

Mercedes pone la cara que se pone cuando se sabe qué cara poner y tan expresiva como una medusa, suspira y me mira buscando mi complicidad. Tras el ligerísimo bastonazo que he recibido de doña Elena, Mercedes me gana para su causa.

– ¿Y no se le cansa la vista leyendo en la pantalla, Doña Elena?- pregunto.

– Si, pero me compensa. Y el que te voy a enseñar, viene al hilo.

Allí donde el viento espera

– Es un libro triste, os aviso. O a lo mejor, me pilló triste, no sé. Cuando leo sobre emigración, me acuerdo de mis emigrados. Y de cómo les irá a sus hijos. Esos sí que son desarraigados. Y sin opción. Si como a la protagonista, no le cuentan sus padres de dónde vienen, vivirán dos historias. Una la suya propia. Otra la de sus padres que, tarde o temprano, les alcanza sin aviso, arrollándoles. En estos tiempos en que la identidad es todo, el de dónde venimos ha ganado la partida al dónde vamos. La narradora es hija de judíos polacos, pero son sus hijas las que se marchan de Uruguay a Israel cuando lo descubren. Y la dejan atrás, sola en un matrimonio que la liberó de sus padres y hermanos para una monotonía que a lo que dices Abogado, es la misma que aquella que limpia. Muy triste.

– Es que los uruguayos son tristes.

– Eso un prejuicio que aprendiste en Argentina, Mercedes – la recrimino siempre yo al tanto de generalizaciones injustas- Seguro que no son tan tristes como los portugueses.

– La tristeza de lo cotidiano digo que cuando no queréis entender, no entendéis. O de cuándo lo cotidiano no es suficiente. Solo los niños se sienten seguros en la rutina. Luego te pasas la vida intentando romper lo cotidiano. Lo malo viene cuando te liberas de una vida, como la narradora, y la alternativa es construir otra igual.

– Vamos, que le pone los cuernos a su marido.

– Además de irreverente, grosera, Mercedes. Pues no te digo ni que sí, ni que no.  Para saber qué opción toma una mujer con las hijas al quinto pino, y que navega entre un amante y un marido, tendrás que leer la novela Te doy una pista: es de las que vuelven a empezar. Y no está en papel, así que mucho me vas a tener que rogar para que te lo cuente o para que te preste la tableta.

– ¿Me la presta a mi, Doña Elena?-  Mendigo aprovechando el enfrentamiento.

– Tampoco, te la compras en www.sinerrata.com.

Luis Casas Luengo

Luis Casas Luengo Ha publicado 19 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *