Crónica de un flechazo en el Auditorio (9 febrero 2013)

Saturday Night Fever. 9 de febrero. Ya estoy sentada en el Auditorio de Madrid. Impaciente, en la primera fila de los bancos del coro. Me encuentro en el mismo centro de la fila, para ver a Silvia Sanz dirigir a su Orquesta Metropolitana de Madrid sin perder detalle. Mi barítono preferido acude hoy como espectador y está en la misma fila que yo. Detrás de mí, la soprano más pizpireta de España y parte de Venezuela.

silvia sanz1La noche está dedicada al amor. San Valentín no pasa desapercibido ningún año. El arte de la seducción de Dalila (Saint-Saëns), el amor imposible de Romeo y Julieta (Tchaikovsky); y las mil y una noches en las que Sheherezade embelesó al sultán persa Shariar con sus relatos.  Hasta que éste le perdonó la vida (Rimsky-Korsakov).

Empiezan a colocarse los músicos. Mi favorita viola, con un moño alto impecable. La primera violín aparece con cara de concentración, no en vano va a ejecutar unos solos de violín de quitar la respiración. Nuestra Silvia Sanz se coloca en su lugar y busca con la mirada a un allegado. Siempre lo hace. Mira a su derecha, hacia el anfiteatro. Es como un ritual de buena suerte. Se ventila la primera parte sin partitura. Es habitual en ella y esta servidora escribiente ya no se inmuta ante esta demostración de habilidad y memoria.

Llegado a este punto de la crónica, he de aclarar que ver un concierto desde la parte de atrás, con la directora de frente, es un espectáculo increíble. La orquesta se achica visual y espacialmente, de tal manera que cada vez que Silvia Sanz estira los brazos para dirigir a los músicos de atrás, parece poder tocarles. Ella, mujer de infinitos recursos, dirige de muy diversas formas. Con los ojos, con el movimiento de cejas, con los brazos -unas veces forman un semicírculo contundente, otras señalan, otras elevan el tono, otras bajan el ritmo- con la sonrisa, con las caderas. Y con la mandíbula. Sí, he dicho bien: con la mandíbula. También es capaz de dirigir con la batuta a los violines por su izquierda al tiempo que gira la cabeza y se ocupa de los violonchelos por su derecha. No voy a explicar más, pues es imprescindible ver su dirección en vivo. Animo a todo el que no haya ido a un concierto de Silvia Sanz a que lo haga. Desde aquí aprovecho para promocionar los asientos del coro vivamente; van a pasar a ser los más caros y codiciados del Auditorio.

silvia sanz3Entre tanto, como ocurre en los asuntos de importancia, no sólo es la dirección majestuosa de Silvia Sanz; sino los miembros que forman la orquesta. Integrados en un equipo que parece irrompible, llenos de ilusión y empuje. Parecía en muchos momentos que todos ellos flotaban por el escenario, entre amores y desamores. Las notas que salían del arpa recordaban a noches de lujuria, lentas y repletas de emociones. Los solos de violín de Jenny Clift eran auténticas declaraciones de amor, rodilla en tierra. Y el son del triángulo parecía abrir las puertas del Auditorio a Charles Chaplin, con su bigote y bombín negro; portando una rosa en la mano y caminando de un lado a otro con sonrisa de enamorado.

Mis más sincera enhorabuena para Silvia Sanz y para todos los integrantes de la Orquesta Metropolitana de Madrid. Fue una noche para morir de amor. No faltaré a la próxima cita el 16 de marzo, en la Sala de Cámara.

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Elena Silvela

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