Cosas de la sangre, por ELENA SILVELA – #relatos

La reunión fue breve pero muy eficiente. Tuvo tiempo de exponer todos los asuntos pendientes y lo hizo a fondo; por primera vez llevaba la lista impecablemente numerada. Él estaba afable. Eso sí que era una excepción. Sumado a la buena marcha de la empresa, el tan esperado nacimiento de su primera hija hacían que el ambiente normalmente hosco fuera casi cordial.

A punto estuvo de sacar el tema, era ahora o nunca. Tres veces quiso planteárselo. Tres veces abortó la operación. Salió del despacho de su jefe y se reprendió. No entendía cómo pudo no tener valor, siempre le ocurría lo mismo. Desde luego, no dejaría escapar la próxima ocasión. Nadie iba a manejar esta situación por ella, eso lo sabía bien. Aunque esta oportunidad había sido de oro, la paternidad del jefe bien podía ser una fuente duradera de paz y armonía en la oficina. Recogió su mesa con determinación y de camino a casa construyó un diálogo imaginario. Por la noche lo escenificaría delante del espejo, por mor de la perfección. Como si fuera una quinceañera.

Aquella noche había pleno en su casa. Sus padres y los cinco hermanos, la familia al completo. Se preveía solemne la cena. Siempre que coincidían todos se alegraba por su madre, disfrutaba muchísimo en esas noches en que todos parloteaban pisándose unos a otros la palabra.

Esa noche fue distinto. Sus pensamientos, lejos de integrarse en la cena familiar, estaban más allá. Volvían una y otra vez a la oficina. A esa conversación que nunca se atrevía a iniciar. Hablaba ella, replicaba él. Reafirmaba ella, respondía él. La perorata interna se vió interrumpida de golpe. Por una frase. Una frase que pronunció su madre. Quizá por el tono de voz, ligeramente más alto de lo normal. Quizá por su contenido. Le devolvió a la realidad en milésimas de segundo.

-Niños, el tema se ha acabado. Ya sabéis que hablar de dinero es una ordinariez.

Cogió la servilleta y se quitó una inexistente mota de aceite de la comisura. En ese acto reflejo lo tuvo claro. Salvo que se sacudiera los prejuicios familiares y se hiciera pasar por un ser de otra sangre, nunca tendría valor.

2015-10-28 15.12.00

 

 

Elena Silvela

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