Cosas de banqueros, por JAVIER PECES #escritos

Una lista incompleta de cosas que aprendí de un ilustre banquero. Disculpen el anonimato. Todo parecido con hechos y personas reales es manifiestamente intencionado.

No dude jamás en puentear a su jefe. Así, de sopetón, me lo espetó la primera vez que pasé un cuarto de hora con él. Era muy temprano, estaba vistiéndose en la suite de un hotel, y me había llamado a su presencia su chófer y asistente -uno de los hombres más poderosos del Banco- porque mi superior no consiguió solucionarle el problema unas horas antes. No dude, pero no olvide que se ha echado a la espalda un enemigo. Asegúrese de no dejar atrás ningún herido de arma blanca. Poco después supe que mi ya ex jefe había sido discretamente trasladado a un oscuro sótano en una capital de provincias.

Cada día tiene su afán. No era hombre de histerias ni decisiones apresuradas. Prefería concentrarse en un solo asunto importante y dejarlo rematado antes de terminar el día. Hay cosas secundarias. Si es posible atenderlas en paralelo, hágase. Pero si distraen del tema principal, déjelas para mañana o delegue en alguien de menos nivel.

Prepare siempre la respuesta. Si se queda un asunto sin acabar, más le vale tener preparada una buena razón.

Razón no es lo mismo que excusa. Si pone una excusa, seguramente dará con sus huesos en un oscuro sótano punteando y archivando listados. Si existe una razón para no terminar algo con éxito, deme la explicación, la localización del obstáculo y la del cadáver. Y ya sabe, cada día tiene su afán. Concéntrese mañana en dejar el tema definitivamente cerrado.

Las segundas oportunidades no existen. Si interesa, interesa y se hace. Si no, a otra cosa. Los que dudan, divagan y tantean son malos compañeros de viaje. Porque hoy vienen, pero mañana se van y nos dejan con el asunto a medias, vaya a saber en qué estado. Con la gente leal se hacen buenos negocios. Los advenedizos, ya se imagina. Hacen ellos el beneficio y se largan a la menor oportunidad.

Sobran los terceros interpuestos. Hable con todo el mundo, pero cierre el trato con el que sabe, el que tiene y el que quiere. De la intermediación ya nos encargamos nosotros. Huya de los que lo toman con una mano y lo sueltan con la otra sin dar valor al asunto.

Divagaciones fuera. Le he dicho hace un momento que hable con todo el mundo. Pues no. A los que divagan, puerta. Con la gente directa se puede trabajar. Se estará de acuerdo o no, pero se pisa terreno firme.

Antes de hacer un esfuerzo, sepa si vale la pena. Entérese de cuánto ganan. Pregunte sin miedo. Sabiendo lo que factura una empresa se tiene conciencia rápidamente de la situación. Puede que sea preferible que ese negocio lo haga otro.

Nunca mezcle. Lo del placer y los negocios lo ha oído usted mil veces. Pero es que los negocios hacen mala componenda con casi todo. Ni con la caridad, ni con la industria, ni con la artesanía ni con el comercio. Y mucho menos con la política. Nosotros a lo nuestro. Comprar dinero barato y venderlo caro. Sin meternos en la procedencia ni en el uso.

Nunca mienta. Retorcer la verdad hasta el límite de su resistencia a la torsión no es mentir. Callar sin otorgar no es mentir. Responder sólo a lo que preguntan, y con la misma intensidad e intención de la pregunta, tampoco es mentir. No regale información si no vamos a obtener beneficio. Y, por supuesto, jamás divulgue datos que nos perjudiquen.

Todos mienten. Si, esto lo dijo decenios antes que el doctor House, aunque no lo aplicó a la salud corporal sino a la financiera. No crea una palabra de lo que le dicen. Contra el Banco todo vale. Así que tenemos que defendernos y contrastar varias veces antes de dar algo por sentado.

Triunfan los madrugadores. No crea que me engañan los que están en el despacho hasta las tantas. Sé que se han pasado todo el día haciendo pajaritas de papel, y que se irán cinco minutos después de creer que he salido por la puerta. Siga viniendo temprano como es su costumbre. Marche a enemigo vencido, a ser posible sin trasnochar.

Busque avales. Para que las cosas vayan bien, sólo hemos de asegurarnos de que nos devuelven lo prestado y nos cumplen lo prometido. Ellos, sus seguros o sus avalistas. Recuerde la historia que contaba mi padre, la del mendigo en la puerta de la Iglesia.

 

monedas apiladas

Javier Peces

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