Corsarios – por P. RUBIO

Se sentía a resguardo dentro de su coche. Adivinaba siluetas, bultos coronados por paraguas, deformes por las gotas estrelladas contra el parabrisas que, regueros después, morían de pronto segadas por los limpias. Las luces verdes, rojas, blancas, amarillas, se nimbaban a través de los cristales empañados, adquiriendo un resplandor hiriente. El humo, se hacía presente subiendo absurdo hacia ninguna parte. Los sonidos, el piafar sordo de los tubos de escape, la radio desgranando monótonas noticias financieras, los cláxones pitando sin sentido. Aquí y allá, peatones corsarios abordaban las filas obedientes de chasis y motores, desafiando con sus bolsas las miradas. Los conductores, hartos  ya de estar aprisionados y de lluvia fría, nocturna y ciudadana, que ensuciaba los retrovisores laterales, rendidos ya, habían dejado incluso de meterse el dedo en la nariz. Eduardo, viendo pasar el tiempo, se aburría. Sobre el asiento de al lado, sesteaba el portátil en su funda, a juego con el traje, igual de gris. Delante de él, ocultando una plaza, una enorme furgoneta blanca, donde aún se marcaba la suciedad en retazos oscuros. En la acera, la joyería donde compraba siempre.

 

¿Por qué siente de pronto la llamada? ¿De dónde ha salido aquella media? El caso es que ahí está, como la pistola. Sale del coche. Al abrir la puerta de cristal blindado, nota la media picando sobre el rostro. Unas órdenes breves, cuatro gritos. Está a punto de reconocer alguna cara. Cadenas, relojes, mil objetos brillantes se arrojan suicidas en su bolsa de plástico ¡Al cuerno los balances! Al salir victorioso oye una voz: “¿La cuenta donde siempre, Don Eduardo? ¡Hay que ver que bromas se le ocurren!” Gira indignado, se mira el traje, uniforme de sí mismo, y sin pensar dispara. Se acabaron las risas. Pablo, dependiente allí desde hace años, se desmadeja contra el suelo. Una mancha rojiza se va haciendo más grande sobre su pecho inmóvil. Don Eduardo corre, convertido en corsario, con su bolsa, sorteando los coches. Siente gritos detrás. Se le acercan. “¡vaya mierda de elíptica!”. De pronto está en un taxi ¡Al aeropuerto! ¡Los hemos despistado! ¡un billete en el primer avión! ¡hostia, que me dejé las tarjetas en el coche! Las sirenas suenan ya muy cerca.

 

Sonaban las sirenas, una ambulancia, bomberos, lo que fuera, quería abrirse paso en el maldito atasco. Los cláxones se despertaron y reiniciaron su coro de chillidos. La furgoneta no tenía ninguna gana de avanzar. Y la lluvia seguía, y la radio sonaba, y los peatones incordiaban al pasar. Don Eduardo giró ligeramente la cabeza, miró a la joyería. Espantando su ensueño, recordó que un día de estos tendría que comprar los regalos de otra Navidad. A través de los cristales entrevió a Pablo. Amable como siempre, se inclinaba ante algún cliente, servicial como siempre. Sonrió. Su automático coche arrancó sólo, adelantó por fin tres metros, y se volvió a parar.

 

Tras recibir su nueva dosis de rutina, una tarde, una cena, alguna copa y pocas cosas más, entró en el parking. A casa, otra noche de viernes como tantas. ¿Cómo tantas?. Hoy algo era distinto, quizá era el aire que estaba más cargado, quizá el silencio…. Sacudió la cabeza como espantando un sueño.


No pudo ver a los que se le acercaron por la espalda. Con la cara tapada y un resplandor metálico en las manos. Quizá fue un empujón lo que le hizo caer. Le sorprendió el sonido, como de rasgar tela. Las llaves de su coche, la cartera, el reloj se arrojaron suicidas alejándose de él. Chirriar de neumáticos, un gemido “¡cabrones, que eran nuevos!” De nuevo el silencio, el olor a motor. Y él desmadejado contra el suelo, Y el dolor y la mancha que se iban haciendo cada más grandes en su pecho, su pecho luchando por no quedar inmóvil, y en su cabeza, entre brumas, la huella de una voz. La voz que oyó durante años, con un tono empapado en cortesía, indagando sobre un imposible cambio de dirección. Nunca creyó que pudiera hablar de otra manera. Pero así era. Unas órdenes breves, cuatro gritos, una blasfemia seca como un tiro, un acento saqueador y bucanero. “¡Joder con Pablo, quien iba a pensar que era tan cabrón!” Le pareció ver gente junto a él. Palabras acolchadas intentaban llegar a su consciencia. Sonaban las sirenas ya muy cerca. Por fin, se desmayó.

autopista de noche alberto salinas
Foto de ALBERTO SALINAS

Pilar Rubio

Pilar Rubio Ha publicado 57 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *