Corrupción – por FERNANDO RUIZ GRIJALBA

De aquella pequeña radio sobre la mesilla de noche salió una música que invadió toda la habitación.
-Ya son las siete, diez horas más y todo habrá terminado – pensó.

El agua de la ducha salió con fuerza y tan caliente que tuvo que cerrar el grifo apresuradamente, reguló el termostato y lo abrió de nuevo, esta vez sí resultaba agradable y reconfortante recibir un masaje de agua tibia sobre su cuerpo después de haber pasado una noche en duermevela.

-Buenos días señor Presidente – fue la primera palabra que oyó esa mañana; venía del conserje que estaba en el hall de entrada. Tomó el ascensor y subió hasta la última planta.
-¿Que tal Mario? – De nuevo un saludo le recibió en la antesala de su despacho. – Un señor que se llama Manuel Cifuentes insiste en hablar contigo – añadió.

Era la voz de Pilar su secretaria, que después de veinte años ejerciendo de tal, había llegado a ser esposa y confidente.

-Buenos días Pilar, le esperaba; dame diez minutos y después hazle pasar- contestó mientras abría una gran puerta de roble que daba a su despacho.

La vista era magnífica desde aquella planta 45, una de las paredes era una gran cristalera que se proyectaba sobre la ciudad, y en medio su mesa de trabajo; a un lado de la habitación dos sofás de piel blanca enfrentados, separados por una lujosa mesa baja de nogal, sobre ella, un catálogo de pintura impresionista y dos figuritas de marfil, suspendida en el centro, una lámpara de diseño Arco con su tulipa acerada; la pintura de las paredes estaba en armonía con el tono dominante del decorado; él mismo se había ocupado personalmente de la decoración. Todo ello hacía del conjunto un espacio relajante a la vez que vanguardista.

Mario entró en un pequeño distribuidor que daba paso a un cuarto de baño y a un armario ropero, colgó su abrigo y su sombrero, ante el espejo del baño se miró, atusó su pelo algo despeinado, cerró los ojos e intentó relajarse durante unos minutos. Con paso firme se dirigió de nuevo al despacho; de pie, apoyado ligeramente en su mesa y en una ansiosa inmovilidad esperó la llegada del visitante. Medio minuto después apareció en la puerta Pilar seguida de un hombre alto y delgado, de buen aspecto, que llevaba un maletín en su mano izquierda.

-Me llamo Enrique Cifuentes, y como le anuncié vengo de la oficina del Tribunal Nacional de la Competencia.
-Encantado de conocerle, siéntese. ¿Quiere tomar algo?
-No, muchas gracias, calculé mal y he llegado media hora antes, así que para hacer tiempo entré a tomar un café en el Starbuck de la esquina.- dijo a modo de disculpa, y luego prosiguió:

-Don Mario, todavía no han sido ingresados los cinco millones de euros en la cuenta del banco suizo que se le indicó; el plazo termina hoy a las 17:00, y como sabe, si no lo hace, mañana saldrá todo publicado en El Universal. Como consecuencia de ello se iniciará una investigación oficial acerca de las actuaciones que llevó a cabo usted personalmente para poner de acuerdo a seis empresas, con objeto de evitar que el precio de varias materias primas bajara, como hubiese correspondido. Piense en la multa que se le impondrá, sólo a su empresa rondará los 15 millones de euros, y todo ello sin contar que también saldrán a la luz pública las dos cuentas con dinero opaco que mantiene en un banco suizo y en otro de Panamá; además, como usted conoce, con ese dinero y el de alguno más, se financiará la campaña electoral de nuestro partido, que también es el suyo. Como verá es muy poco lo que se le pide en comparación con los beneficios futuros para usted y para su empresa.

-Muchas gracias señor Cifuentes, me doy por enterado… ya puede marcharse. Señorita Pilar acompañe al señor Cifuentes que ya se va, y venga después a mi despacho – dijo Mario con el rostro serio.

Espero un tiempo prudencial y luego, dirigiéndose a Pilar cambio su semblante:

-¿Has confirmado el vuelo a Ginebra?
-Sí, tienes el embarque a las 12:30.
-Muy bien, pues enseguida me voy al aeropuerto. A las 20:00 estoy de vuelta y te espero en el Terminal 4 para coger nuestro vuelo -Tengo unas ganas de empezar las vacaciones en nuestro refugio recóndito de Las Seychelles….

 

Fernando Ruiz Grijalba

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