Conquistada por los pelos, por MARINELA FONTOIRA #relatos

Cuando nació, su madre la intentó inscribir como Madame Natalie pero en el Registro Civil solo le permitieron poner el segundo y, en casa, siempre se la llamó Madame a secas. Estudió en el Liceo Francés porque su progenitora quería para ella una refinada educación, que costeó con los ingresos de la peluquería, aunque el resultado que obtuvo no fue la señorita que tanto deseó, sino una joven peculiar criada en el fanal del amoníaco, engullendo libros entre melenas, tintes y depilaciones.

Natalie no conoció a su padre ni tampoco a su abuelo, y el único referente masculino de su hogar fue su bisabuelo, famoso posticero del cual perdura, en el armario del salón de la casa, una colección de pelucas usadas por importantes compañías teatrales de su época. Permanecen en fila, ocupando cuatro baldas, perfectamente colocadas en sus cabezuelas de paja y con un pequeño cartel que indica el personaje al que dieron vida. Cuando Natalie se queda sola comete la osadía de probárselas; lo hace con mucho cuidado para no despeinarlas y que no se desprenda ni un solo cabello. Su preferida es una rubia de gruesas trenzas teutonas con la que en el pasado triunfó la Lorelai. Su madre le ha contado en múltiples ocasiones que la fama del bisabuelo se debió a sus altos conocimientos culturales y artísticos, pues leía y leía, y había viajado hasta Francia donde aprendió el oficio, nada menos que en París. Natalie se lo imaginaba entre bambalinas, cargado de libros y arreglando a bellas actrices e interesantes actores.

Como mujer se cree una descafeinada más del pelotón femenino, sin ser consciente de que es más llamativa que la media. Su madre le permite vestirse con esa gracia y provocación instintiva que tiene para lucir sus largas piernas enfundadas en minifaldas y marcar sus generosos pechos con blusas ajustadas. Con ello, Natalie solo trata de imitar a las clientas más presumidas y guapas que acuden a la peluquería.

A diario, antes de salir de casa hacia el trabajo, la dócil hija se mira al espejo para comprobar la alineación de sus cejas y, si atisba algún pelillo incipiente que asoma fuera de sitio, acude  a las pinzas de urgencia que lleva en el bolso y procede a su extracción. El placer que le produce arrancarse pelos forma parte de una extraña neurosis y es tan grande como el que le provoca cortarse las puntas de su cabellera en esos momentos de ánimo bajo.

En cualquier lugar, allí donde vaya, siempre se fija en el pelo de la gente que la rodea y se imagina lavándoselo a uno, cortándoselo a otro, tiñéndoselo al de más allá. Como ya tiene confianza con las compañeras se permite asesorarlas e, incluso, cuando la necesidad le resulta perentoria, las convence para ir al cuarto de baño a retocarles el corte, dándose mucho brío, haciendo girar en su dedo índice unas tijeritas de profesional, para finalmente sentirse aliviada viendo ante sí unas puntas más sanas.

Tiene un problema medio resuelto con Azucena, una encantadora mujer de cincuenta y pico años que se sienta en la mesa contigua a la suya. No le importa que lleve el pelo color zanahoria, lo que le preocupa es el bigote que le crece en los extremos de la boca, justo en las comisuras de ambos lados, y que se le mueve mientras habla. Natalie se ha ofrecido varias veces para quitárselo, pero Azucena dice que le saldrá más.

Dolores, otra compañera, se pasó buena parte del verano viniendo a trabajar con una camiseta de tirantes que dejaba ver toda la longitud y espesura de sus pobladas axilas. Cuando la vergüenza ajena de Natalie llegó a su límite de capacidad, le sugirió cuánto mejor arreglada iría si procediese a rasurar la negrura de sus sobacos. Y Dolores, sin ningún tipo de reparo, le contestó que a su marido le gustaban así: peludos y tupidos, y este era uno de sus puntos débiles en la cama. Natalie se quedó perpleja pero lo asumió y, gracias a esto, creyó haber entendido también el porqué de los bigotes de Azucena.

De modo que todas las secretarias del grupo saben del infinito interés y buenas intenciones de Natalie por el pelo de los demás. Pero Horacio no; él no sabe nada al respecto.

Horacio es un feo atractivo, delgado y con una ligera melenilla negra. Está ubicado en un despacho acristalado a unos cinco metros de las secretarias y, aunque no puede oír sus conversaciones, sí levanta la cabeza cada vez que oye los tacones de la lozana Natalie. Esta mañana ha contado que ha pasado siete veces para ir a la fotocopiadora y, las siete, ella le ha mirado y sonreído. El pobre Horacio se ha hecho ilusiones. La belleza de Natalie lo tiene admirado, así como su magnífico apetito; le encanta verla comerse un enorme bocadillo de jamón serrano a las doce del mediodía mientras él revuelve el azúcar en su café.

Ha decidido invitarla a ver una película y ella ha accedido de muy buena gana, no porque le guste Horacio sino porque le apetece salir con algún chico. Mientras hacen tiempo antes de entrar a la sala del cine, Horacio la mira con unos ojos penetrantes a los que centellean las pupilas. Natalie percibe el mudo mensaje, y él, que cree percatarse de ello, aprovecha para decirle que está muy guapa. Ella se siente halagada y automáticamente piensa en eso de lo que nunca ha hablado con nadie y que tantas veces ha anhelado: su incongruente deseo de enamorarse de un hombre completamente calvo, con unos ojos dulces, de los que hablan cuando te miran; un hombre con un cráneo bonito, bien redondeado y suave, tan suave como las palmas de su mano. A continuación mira de nuevo la cara de su acompañante y piensa en ese pelo largo y greñudo que no le favorece nada, así como en su nacimiento tan cercano a las cejas. Esa frente tan poco despejada no le atrae ni lo más mínimo y, a pesar de ello, Horacio le ha caído bien.

Cuando ya llevan una hora concentrados en los diálogos de la película, Horacio continúa con su plan de inundación, coge la mano de Natalie pero ella se la suelta. —Tienes demasiado pelo y no lo puedo soportar, creo que no te quedarás calvo en la vida —le dice de pronto. Él no entiende la frase y, de vuelta a casa, Natalie trata de ser amable y explicarle su problema. Horacio, que solo piensa en ella con toda su voluptuosidad y rebotando encima de él,  no la escucha y asiente con cara de normalidad.

A la mañana siguiente llega a la oficina con la cabeza rapada al cero. Su nariz aquilina parece el doble de grande, las orejas se le disparan como a un cachorro de elefante, su casco tiene forma de cacahuete y resulta muy evidente que parte de su fuerte personalidad reside en la melena que ya no luce. En cuanto cierra la puerta del despacho comienzan las risitas y el grupo de secretarias se convierte en un ruidoso coro de grillos. Todas bromean excepto Natalie, que permanece seria y estupefacta. Siente una enorme culpa, como una pesada mochila cargada de piedras a la espalda, y desea lanzarlas, una por una, bien lejos, con toda su fuerza. Se siente la única culpable del ridículo pelado, pelado por amor, por amor a ella; porque así lo interpreta. Sin pensar en los posibles cotilleos, se para ante la puerta de Horacio que la recibe sonriente. Ella trata de corresponderle pero se siente mal. —¿Saldrás conmigo esta noche? —le pregunta él, y Natalie le contesta que sí, solo por la pena que le da, aunque en realidad Horacio se encuentra encantado en esos prolegómenos del deseo. Insegura, vuelve a su silla y piensa en los mechones de pelo negro cayendo de la cabeza de Horacio, por ella y solo por ella.

Ve un papel doblado encima de su mesa que dice: “Me gustas muchísimo”. Le sube un calor repentino desde el estómago a la cara, se ruboriza y nerviosa lo dobla de nuevo para guardárselo en el bolso. El corazón le late con fuerza; no sabe cómo actuar, no está acostumbrada a que la cortejen. En otro papel contesta ella: “Puedes llamarme Madame”, y con el pretexto de llevarle un expediente se lo entrega diciéndole: “A las diez en mi casa”.

Por la noche lo espera impaciente. Ha ordenado las pelucas separando las masculinas de las femeninas. Las ha vuelto a ordenar clasificándolas por colores: rubias, morenas, blancas o castañas. Como no está satisfecha, las coloca por longitudes: cortas, medianas y largas. A las diez en punto suena el timbre y, dejando las puertas del armario premeditadamente abiertas, corre a recibir a su invitado.

—Si mi bisabuelo resucitara, te haría una que encajaría a la perfección —comenta Natalie pensativa durante la cena. Horacio siente que no hablan el mismo lenguaje pero está tan idiotizado que le da igual—, de todos modos, esta noche te probaré unas cuantas, a ver si alguna te va bien.

Una vez recogidos los platos le ofrece tomar asiento en el sofá para proceder a la prueba y, pensando que lo nota un poco tenso, se adorna con las trenzas teutonas y lo mira simulando ser la Lorelai. Él lo interpreta como un juego de seducción pero, tras un buen rato poniéndole y quitándole pelucas, empieza a dudar de qué es todo aquello, y, con una peluca de Luis XIV en su cabeza, le pide que se siente a su lado, le echa las trenzas hacia atrás y le toma la mano. Ella, esta vez, no se la suelta. Después le susurra que es la mujer más especial, atractiva y distinta que ha conocido nunca. La muchacha se siente envuelta en una crepe, como la crema más dulce y exquisita, y le da las gracias. Las palabras de Horacio se le cuelan en el cerebro y consiguen un asiento en la primera fila de sus neuronas. Lo ve muy favorecido y le gusta pensar que está siendo galanteada por un rey. Mete la mano por debajo de su pelo postizo, le acaricia la cabeza afeitada y lo besa. Le gusta y lo vuelve a besar.

 

_20160414_205351
“Love, thy will be done” – Cuadro de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

Marinela Fontoira Ha publicado 12 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *