Como castillos de arena – por RICARDO BALAGUER

Cardoso era cartero viejo, de los de antes.

A pocos en el turno de mañana del Centro de Tratamiento Exprés de l´Hospitalet les importaba un ápice de la perra vida que llevaba aquel hombre mediano, recio, cargado de espaldas, de calva rebozada por cuatro greñas revueltas y gran mostacho, entrado de lleno en la cincuentena.

Aún eran menos los que cruzaban con él alguna palabra más allá de un buenos días, o un hasta mañana. Cardoso no hablaba apenas con nadie; seguramente no por falta de criterio o carácter, si no porque nunca te lo encontrabas a la hora del desayuno, o haciendo tertulia tras el último reparto del día, en espera de que el jefe pusiera la hoja de firmas para salir zumbando por la Ronda del Litoral camino a casa.

En el muelle cargaba y descargaba la gran y desvencijada Mercedes 100 amarilla. Siempre llegaba el primero, siempre se quedaba el último, descargando enormes paquetes y jaulas llenas de impresos hasta arriba. Canturreaba continuamente saetas, seguidillas y cante jondo muy por lo bajo, muy hondo, con voz ronca pero con buen tino.

“Que desgraciaíto ha sío
Aquel que siembra y no coge,
Y el trabajito ha perdío
.”

Cardoso y yo sólo hablamos un par de veces. La primera fue aquella única vez en que la huelga de transportistas colapsó el país y el estúpido del encargado no tuvo a mano ninguna de las monumentales recogidas que siempre le endosaba. Nunca parecía importarle que aquel desgraciado lo tratara como una simple bestia de carga. Siempre callado, obediente.

-Cardoso, hombre ¿pero cómo te dejas?
– Si a mí me dicen arena, yo cargo arena, que me dicen cemento, cemento… si luego me mandan a por ladrillos, ea; pues ladrillos también. A mi me da lo mismo. A estas alturas nada de todo esto me importa ya. Sólo tengo ganas de que llegue el último día y volverme a mi Cádiz…

“Y son fatiguitas mortales
Las que se lloran por dentro
Y las lágrimas no salen.”

-Eso que cantas es de Camarón, ¿verdad?

Se me quedó mirando fijamente – Si señor… eso es de Camarón, el más grande y además paisano mío. ¿Te gusta el flamenco?- Sus ojos negros centellearon por un instante.

– Bueno, la verdad es que tal y como tú lo cantas suena bien…

“Tú nunca la desampares,
Que la única que te quiere
En este mundo es tu mare.”

La segunda y última vez fue poco después, cuando se me acercó en un descanso:

– Oye, ¿tú te vendrías mañana a Santa Coloma a ver cantar a Estrella Morente?

No me esperaba la invitación. Lo mío con el flamenco era sólo cultura general, de haber escuchado siempre un poco de todo y de nada en particular. Tan sólo alcancé a disculparme con una vaga excusa.

– Lo siento, Cardoso, esta semana tengo mucho lío con una mudanza…

Él se limitó a asentir en silencio; bajó la cabeza y se volvió a sus bultos en el muelle de carga, para siempre jamás.

Menos de un año después su cansado corazón abandonó. Se fue durmiendo; suavemente, deshecho por la vida, como un viejo castillo de arena en una playa de Cádiz.

“No creas tú que te olvío
Aunque yo no vaya a verte,
Mi gusto sería tenerte
Siempre al laíto mío
Hasta que llegue la muerte.”

rich playa cadiz

Ricardo Balaguer

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