Celedonia Requejo, vieja y sabia – por PEDRO PABLO MIRALLES #relato

Roberto, abogado, Fernando, economista y Violeta, psicóloga, son tres hermanos de siete que fueron, hijos de Celedonia Requejo, vieja de ochenta y tres años cumplidos, nacida en Madrid y viuda de Celestino Martín, ferroviario natural de Porcuna, Jaén.

Los tres hijos de Celedonia llegaron a la conclusión de que no podían atender a su madre por eso de que si las pastillas cada rato y el aseo diario, que si preparar las comidas y sacarla a pasear. Lo mejor, la solución, era incapacitarla con la justificación de los síntomas de Alzheimer, la progresiva sordera y el aumento de sus incoherencias en las conversaciones, además de esos silencios incomprensibles. Tenían la intuición que sería fácil conseguir la incapacitación por el buen talante de su madre ante todo en la vida. Una vez incapacitada la ingresarían sí o sí en una residencia de viejos y se acabaron los problemas, estaría mejor atendida y todos tan contentos a pesar de que la administración de la residencia se quedaría el dinerillo de su cuenta de la caja de ahorros y la pensión de viudedad de 650 € mensuales.

Fernando cuadró las cuentas, Violeta preparó un informe psicológico que no se lo saltaba un torero y Roberto presentó en el Juzgado de Primera Instancia la perfecta demanda de incapacitación. Celedonia aceptó sin queja alguna la situación que se le planteaba. El procedimiento judicial siguió su curso, fue examinada por el médico forense, el Ministerio Fiscal emitió su informe y el Juzgado dictó sentencia el 11 de julio de 2016, por la que se desestimó la demanda, toda vez que había quedado probado que Celedonia estaba en sus cabales, no padecía enfermedad alguna digna de mención, salvo las goteras propias de su edad y no estaba aquejada de deficiencia física o psíquica alguna que la impidiese gobernarse por sí misma con las asistencias propias del caso.

Enterada Celedonia de la sentencia y aprovechando uno de esos largos ratos que estaba solita en casa, llamó a Cristina, su antigua amiga y vecina, ingresada en la residencia de la tercera edad “Nuestra Señora del Socorro”:

-Cristina, ¿puedes hablar?
-Yo te escucho, precisamente hace un momento que la cuidadora se ha ido de la habitación. Dime, pero no puedo hablar alto.
-Al fin terminó el asunto en el Juzgado, que ha dicho que estoy no menos sana que mis tres hijos juntos, lo siento por ellos pues les quiero, pero es así. Yo sigo haciéndome la sorda más de lo que estoy, cada día un poquito más sin que se note, les escucho todos sus cuchicheos a mis espaldas, cada poco hago que desaparezca una de las cajas de pastillas que se empeñan en que tengo que tomar y, también, poquito a poco, voy aumentando con discreción el número de incoherencias que digo en las conversaciones, eso sí, siempre simpática. Si la cosa sube de tono, me quedo muda y sonriente como si no pasase nada y, además, he aumentado los gastos para comprar sorpresas a mis cinco nietos aunque ya sean bastante mayores, que conmigo se lo pasan en grande y yo con ellos más. Te tengo que colgar porque acaban de llamar a la puerta y seguro que a estas horas es alguno de mis hijos que viene a interrogarme. Te llamo en otro momento.

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Secuoya bicentenaria. Vieja y sabia.

Pedro Pablo Miralles

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