Casi todo sobre mi madre – por CHEMA BASTOS #escritos

El médico que debía asistir a mi abuela durante el alumbramiento de mi madre, se mostró reacio a salir de casa esa noche. Hay que decir en su descargo que además del frío que debía hacer una noche de enero en Salamanca, ese era el día que había elegido la aviación republicana para bombardear la ciudad,  así que el buen doctor hubo de ser convenientemente motivado por mi abuelo, que le agarró del pescuezo a tal fin, para hacer el trabajo sin el cual yo no estaría ahora escribiendo estas letras. Siempre he pensado que ese origen algo accidentado de mi madre explica uno de sus rasgos más característicos, que es ese gusto acusado por las situaciones peligrosas o extraordinarias que le lleva a decir cosas como “Que me vaya yo a morir sin vivir un buen terremoto o un volcán”, con la tristeza de los sueños incumplidos, entre los que se encuentran además viajar al espacio exterior, tener un Mercedes blanco y salir a cenar con un cantante de éxito que se llamaba Basilio.

Mi madre creció en Salamanca, en donde recibió una esmerada educación a cargo de las Madres Teresianas, que ella complementó con otras iniciativas en el campo de la investigación, como por ejemplo la que le condujo a dedicarse durante un tiempo a hipnotizar gallinas. Para hipnotizar una gallina basta con apoyar su cabeza en el suelo, y trazar una línea recta con un palo delante de los ojos para que el ave quede durante unos minutos en estado de hipnosis. Esta apasionante actividad, y otras similares, ilustran otro de los rasgos de mi querida madre, que podría describirse si nos ponemos finos como una cierta tendencia a explorar los límites de las normas convencionales, o si somos más directos, que es que es un poco gamberra. Si mi madre en vez de nacer en una ciudad algo conservadora en los años 30 lo hubiera hecho un poco después en Londres, luciría una cresta y un imperdible en la nariz. Es una punk encerrada en el aspecto de una señora muy elegante.

Después se trasladó a Madrid, se hizo enfermera y empezó a hacer profesionalmente lo que por lo demás ha hecho toda su vida, que es cuidar de la gente. Una Nochevieja en casa de una amiga común, conoció a mi padre, que se dedicó a tirarle los tejos. Una historia corriente: salieron algunas tardes, mi madre se fue a pasar el invierno a Mallorca, mi padre se echó otra novia…y no hubo más. La siguiente Nochevieja, en la misma casa, se volvieron a encontrar, y mi padre volvió a la carga. Para asegurarse la atención de la presa, a la que además acechaba un arquitecto que a mi madre no le disgustaba nada, mi padre actuó con la discreción y delicadeza por la que siempre fue conocido, y acabó por verter encima de mi madre una jarra entera de cerveza.  Su reacción le terminó de convencer de que era la mujer de su vida, al ver que mi madre se limitaba a partirse de risa, y es que ese es otro de sus atributos: la capacidad de enfrentarse a lo importante y de descojonarse de lo que no lo es, habilidad que combina con el caletre suficiente para distinguir ambas situaciones.

Cuando mi padre aprobó la oposición de Secretario de Ayuntamiento, de la que mi madre le estuvo oyendo cantar los temas en largos paseos por el Retiro, se casaron y se fueron a vivir al primer destino de mi padre, Villafranca de los Barros, provincia de Badajoz. Lo que Delibes relató en los Santos Inocentes se lo encontró mi madre en vivo, y así adquirió una alergia por la injusticia que le ha acompañado toda su vida.

Y entonces mi madre empezó a tener hijos, y como nada hace con moderación, porque contenidos no hemos sido nunca en esta familia, pues tuvo siete. A partir de entonces su currículum  se enriquece con un montón de experiencias profesionales nuevas: psicóloga, administradora, pediatra, abogada, ingeniera de hogar, pedagoga, economista, magistrada ponente, cocinera, policía, trabajadora social, maestra, profesora, catedrática, conductora de toda clase de vehículos, monitora de tempo libre,  …tareas que llevó cabo después en Orihuela (Alicante) y finalmente en Valladolid. Todos estos sitios en lo que vivimos lograron de una forma u otra adaptarse finalmente a mi madre.

Se esforzó en educarnos con esmero, si lo consiguió o no habrán de juzgarlo los demás, aunque me atrevo a pensar que hay algo de especial en todos mis hermanos que tiene que ver con ese esfuerzo. Desde luego le echó imaginación, incluso a la desagradable tarea del castigo, para la que desarrolló una refinada crueldad. La mayor sanción que se podía recibir en mi casa, reservada para los hechos de mayor gravedad, era que mi madre, con la ayuda del resto de sus hijos que colaboraban sujetando al reo, te pintara en el ombligo una margarita con un rotulador prácticamente indeleble.  Desnudarse en el vestuario en la siguiente clase de gimnasia se convertía así en un momento de terror, ante la casi segura perspectiva de tener que explicar a tus compañeros el motivo de tu tatuaje.

Cuando los hijos fuimos creciendo un poco, y como no puede mi madre estarse quieta ni un poquito, empezó a trabajar en una academia de Valladolid, extendiendo su influencia a un montón de estudiantes, a los que además daba clase de cualquier cosa que hiciera falta. Y cuando mi padre se jubiló y enfermó, se dedicó en cuerpo y alma a cuidarle como si fuera un Jefe de Estado, hasta el último día de su vida, para continuar después cuidando a todo el que se le pone por delante y se descuide un poco.

Dicen que te haces adulto cuando sabes lo que es el euribor, pides marcas determinada de licor, y si vas a una discoteca solo conoces la última canción chorra que ponen para cerrar. Yo creo que no, que los hombres nos hacemos adultos cuando empezamos a pensar que nos deberíamos parecer a nuestras madres, pero descubrimos que de tanto imitar a nuestros padres, la cosa ya no tiene remedio. Si esto es cierto yo hace mucho que crecí, y solo me queda la esperanza de haber aprendido algo por el camino. Me queda eso, y lo bien que me lo estoy pasando con ella.

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Chema Bastos

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4 comments

  1. Chema, solo decirte que de leer esto se me ha ensanchado el corazón. Quisiera ser así de madre como tú madre. Educar a los hijos para ser adultos sin dejar de ser niños es una ciencia difícil y maravillosa. Empezaré por la margarita. Siempre el desconcierto y la sorpresa fueron buenos aliados del aprendizaje.
    Gracias, chaval.

    1. Muchas gracias, Begoña. Tienes razón con lo de educar sin dejar de ser niños. Supongo que al final, lo de ser padres o madres es el trabajo más difícil del mundo, pero casi siempre sale bien. Recuerda en todo caso que la pena de la margarita es está reservada a los delitos más graves, es una medida muy extrema!

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