Carreteras en el desierto, por EMILIO PARDO #relato

Arena, arena, arena… kilómetros y más kilómetros de esa textura beige, empolvada -casi aterciopelada desde el cielo- y, de repente, sin transición alguna, la ciudad.

Así era la vida allí y él trataba de conducirla (al menos conducir la suya) por las lenguas negras de asfalto que cubrían lo que en otro tiempo no era más que la nada o el todo, según se mire.

Venas negras de alquitrán -como los pulmones de un fumador- que marcaban los límites del transporte posible de la misma forma que las normas, las costumbres, las creencias y la religión macaban los límites de lo correcto, lo permitido, lo esperado y lo sencillamente castigado. Un sistema circulatorio nuevo y aún así tan negro y artificial que casi se diría condenado al fracaso en su pretensión de imponer rigidez y estabilidad a algo tan vivo e inestable como el desierto.

“No se pueden poner poner puertas al campo”, lo había escuchado muchas veces y lo que en aquella verde infancia podía haber tenido sentido sentía que ahora debía ser cambiado y o, por lo menos, cuestionado… ¿Podían ponerse puertas al desierto?. Quizás las carreteras también mutasen como lo hacían las dunas con el viento o la simple brisa; quizás no estuviesen más que apoyadas sobre la arena como lo podía estar su toalla en la playa de cada verano y, como ella, las carreteras también se doblasen, moviesen, enterrasen y volasen con cada golpe de aire…

Si era así nunca llegaría a su destino.

Sintió pánico pero luego tranquilidad porque no sabía cuál era su destino y mucho menos tenía ninguno prefijado. Al final allí todo era arena, arena, arena… y él simplemente debía dejarse llevar como la cinta del pelo de aquella niña -¿cómo se llamaba?-, en un día cualquiera de la playa de cada verano.

 

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Emilio Pardo

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