Cárcel sin barrotes – por ALEJANDRA MEZA

La rosa es prisionera de su aroma, tanto como el mar lo es de su fuerza y la luna es rehén del firmamento. Para el hombre, no hay castigo mayor que el de vivir confinado en una prisión que inflige más pena que aquellas bordeadas de travesaños: las cárceles invisibles del alma.

Sin quererlo, nos tornamos cautivos de lo que nos pertenece, de lo que hemos liquidado a un precio alto y que nos quita la paz, de eso que poco a poco nos horada la bolsa del corazón. Son mazmorras llenas de personajes y de objetos pagados de contado en el mejor de los casos y en abonos perpetuos, en el peor.

Pero también existen otras celdas: las construidas con largos glosarios de cosas idas, de pérdidas, de sueños que se escurrieron antes de ser realidad. La rosa es presa de la eternidad, el mar se extiende esclavo del sosiego, la luna, de la negrura… Para mí, no hay prisiones peores que las de barrotes forjados de cosas que no existen.

 

Alejandra Meza

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