Caminando hacia ningún lugar

Alzó la vista y ante él apareció una calle ancha que bajaba desde su lado más lejano justamente hasta la puntera de sus zapatos de cuero desgastado. Hubiera jurado que la calle no estaba ahí hasta el instante en el que miró en esa dirección, como si las cosas aparecieran y desaparecieran al antojo que disponía su mirada. Dejaba de mirar y en el lugar de la calle se percibía un vacío que hacía de esa percepción algo inútil e inservible. Pero si volvía a mirar, nuevamente la calle ocupaba su lugar cual actor principal vuelve tras la interpretación de su papel para recibir los aplausos ganados durante su actuación.

Era una calle empedrada con adoquines. Recordaba vagamente a las calzadas romanas que aun a tiempo de hoy parecen empeñarse en no abandonar su lugar, después de tantos siglos sin las legiones del gran César invadiendo todo aquello que atrevía a ponerse en su camino, como si fueran los últimos estertores de unos aires de grandeza que todavía oponen resistencia a lo ineludible de su final pese al paso del tiempo.

A ambos lados de la calle se levantaba una línea de farolas apagadas que seguían en ese estado de letargo al caer la noche. Las líneas que separaban los carriles de ambas direcciones hacía tiempo no existían y era el devenir de los coches quien marcaba el camino a seguir.

Tras las farolas, apoyados sobre sus centenarios cimientos, los edificios delimitaban cuan de grande era la calle, en una lucha con ella que siempre ganaron éstos desde el día en el que se asentaron allí. Llegaban a la calle rompiendo la majestuosa fortaleza que conformaban las casas, otras calles menores en tamaño pero superiores en número. Todas ellas desembocaban sus finales o iniciaban sus principios en la principal aunque era complicado adivinar siquiera sus enrevesados itinerarios, mas aun los finales o principios del otro extremo. El cielo hacía predominar en él un color grisáceo a juego en tonalidad con el húmedo y frío gris de las piedras de la calzada romana que casi rozaban ya con la punta de sus suelas.

Mientras estudiaba de manera exhaustiva, rayando la exageración, todo lo que allí acontecía advirtió que en esa calle podía percibir todo tipo de sensaciones y, sin embargo, no ocurría de igual manera con la que pisaba en ese momento. Un escalofrío recorrió su cuerpo desde la cabeza a los pies. O de los pies a la cabeza. Su cuerpo era en ese momento casi como cualquiera de las calles donde no se diferenciaba donde empezaba todo y donde acababa. Comenzó a angustiarse pensando que si giraba la mirada, la calle que dejaba de mirar desaparecería junto con sus sensaciones mientras que volverían a aparecer cuando volviera a mirarla. Sin embargo, mientras estaba en la calle que pisaba el vacío de sensaciones era continuo.

¿Y si pusiera el pie en la calle que tenía frente a si mismo? ¿Sucedería lo mismo? ¿Dejaría de percibir lo que sentía en ese momento? ¿Desaparecería la calle en la que estaba si la abandonaba y no la miraba?

Se mantuvo así durante un tiempo pensando. Siempre fue una persona dubitativa e insegura. Creía tener todo bajo control, pero hacía tiempo sabía que se mentía piadosamente para seguir creyendo en sí mismo y poder avanzar. Vio reflejadas sus indecisiones en todas esas calles que llegaban o salían de la calle. Multitud de ellas. Todas iguales pero distintas. Si… se veía donde empezaban o terminaban y a su vez no se veía su final y comienzo del otro lado. Mirar más allá nunca fue de su gusto.

La fuerza de los edificios era comparable a la de sus preocupaciones, incluso menor, si se atrevía a ponerlas ambas en una balanza, si es que alguna vez la fuerza pudo medirse así. Sus problemas eran iguales o superiores en número al de farolas había allí. Todos juntos, todos lineales, todos con la luz de su solución apagada, de día… y de noche. Iba deambulando entre ellos de la misma manera que uno se mueve encima de los adoquines romanos que estaba a punto de pisar, con un poso de incomodidad continuo pero llevadero. Hacía tiempo que su vida tornó a gris y las lágrimas humedecían su rostro de cuando en cuando de igual manera que la neblina humedecía la calle ese día…

Quizá esa calle era su vida… Cuando dejaba de mirarla, desaparecía. Como hacía con sus problemas, que parecían desvanecerse si los obviaba. ¿Y si pisaba la calle? ¿Dejaría de percibirlos? Dubitativa e insegura… Permaneció inmóvil sin saber qué hacer durante un tiempo hasta que finalmente hizo algo que hacía mucho tiempo no hacía . Tomar una decisión. Esperar hasta que todo lo que veía cambiara por si mismo. Los adoquines y sus problemas. Las farolas y sus preocupaciones. Los edificios y su fortaleza. Las calles que llegaban o salían… El gris de su cielo, el gris de su vida…

Echó la vista a un lado y volvió a mentirse para seguir viviendo. Sus zapatos de cuero desgastados hacía ya tiempo habían dado un paso atrás.

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J. Javier Checa

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