Cambio de Guardia

Algún día ya no fumaré más

dentro del rayo de sol de Valverde,

ese que con timidez se abre paso

entre los aleros y las cornisas

para coronar el invierno urbano.

Ni espiaré con fingida indiferencia

el paso veloz de los transeúntes

que siempre parecen llegar muy tarde

a las citas, encuentros y destinos

erigidos por mi imaginación.

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Algún día desaparecerán

las chicas de la calle que despliegan

por la acera sus besos mercenarios,

que redecoran los escaparates

de la estrecha calle del Desengaño

con sus altos tacones de estilete

y ropas que invocan el fetichismo.

Otras habrá suplantando el amor

y fingiendo con arte la ternura

callejera en los ajados portales.

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Algún día ya no presenciaré

el efímero florecer violeta

del árbol solitario de la esquina

de la calle Valverde con Gran Vía.

Llegará un momento en que no veré

el primer guiño de la primavera

anunciándole a la urbe aletargada

la despedida de los cielos grises.

Otros hombres pasarán por su lado

ignorando el simbolismo cromático.

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Algún día ya no percibiré

el fugaz aleteo vivaracho

de las palomas en vuelo rasante

sobre la tranquilidad vespertina

que inunda húmeda la Plaza del Carmen.

Ya no respiraré la mansedumbre

peatonal de calles aledañas,

los restos enganchados en el tiempo

de una ciudad nacida en otra época

cuando la vida fluía pausada.

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Algún día lejano habrán cambiado

todos los actores de la obra urbana

aunque se mantendrán los decorados

dando sensación de continuidad

y encubriendo la traición del presente.

Otro tiempo llegará en que estas calles

no serán ya más nuestras sino de otros

que no recordarán que un día fuimos

los testigos vivos y el corazón

del latido sonoro de Madrid.

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Pablo Rodríguez Canfranc

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