Calle París, 3 – por MARINELA FONTOIRA

Cuando llegué y vi toda mi casa revuelta, lo primero que pensé fue que alguien había entrado a robar, pero era algo muy raro. La ventana del salón estaba abierta, la barra de las cortinas caída y los visillos, ennegrecidos por la polución, hechos un gurruño en el suelo; todos los cojines, mis apuntes y libros desperdigados por la habitación; parecía que un torbellino me había visitado durante mi ausencia. Cerré la puerta y fui directa a hablar con el portero.

Esteban Marfil vive en el primero derecha. No soy buena recordando apellidos pero el de Marfil se me quedó grabado desde el primer momento en que Esteban lo pronunció. Su boca le hace honor: es grande y de fácil sonrisa, con unas enormes piezas, revueltas y mal colocadas. Él dice de sí mismo que es un portero marchoso y que tiene toda la casa a sus pies. Razón no le falta. En la terraza de la última planta hay una piscina comunitaria, las tumbonas están muy pegadas y es inevitable intimar con el que te toca al lado, así como enterarte de un montón de chismes, aunque no te interesen. Esteban abre y cierra la puerta de la terraza cuando le parece. La gente sube y baja, y el alboroto de la escalera me desconcentra una y otra vez. Me supone un gran esfuerzo estudiar en estas circunstancias. En verano, Esteban organiza timbas de mus allá arriba, y tras la caída del sol permite a los vecinos que se queden hasta bien tarde bebiendo vino, cerveza o lo que se tercie. Y digo “permite”‖ porque el señor Marfil parece el dueño de todo. Las reuniones de la comunidad las preside él y con mucha dignidad, por cierto. A la última vino con una camisa de color rojo hiriente, con los puños y el cuello grises, y nos explicó que se había vestido con los colores de su loro porque sentía que cada día se parecía más a él. El loro también participó en la asamblea, dando vueltas por el suelo alrededor de todos los asistentes y repitiendo “Teño un punto no vasío”. Por lo visto, el animal habla mucho en gallego. A saber quiénes habrán sido sus dueños anteriores. Esteban es un tipo muy curioso que, a pesar de sus cincuenta y muchos años, luce un frondoso tupé a lo rockabilly que resalta los profundos surcos de su enjuto e imberbe rostro; le encantan los pájaros y, además del loro, también tiene un gorrioncillo con un ala rota que rescató delante del portal y al cual cuida con esmero. Dice que es un gorrión minusválido y que no apareció en su portal por casualidad, sino porque el destino había querido que él lo cuidara, lo bañara y lo colocara todas las tardes después de comer en su hombro para dormir la siesta. Esteban reconoce que, desde que ha llegado el gorrión a su vida, tiene al loro un poco abandonado y debe de estar celoso. A Carmen Riesgo, la novia de Esteban, no le gustan los pájaros ni las aves en general, por eso no vive con él. Carmen Riesgo vive en el quinto derecha. Cuando me trasladé a esta nueva casa, me llamaban con frecuencia para bajar a tomar una cerveza al bar de la esquina y, por aquello de no ser descortés, siempre les decía que sí. Cada vez que llega alguien nuevo al edificio, se encargan de hacer las relaciones públicas necesarias a fin de integrarlo en la vida social de nuestra comunidad, y la verdad es que lo consiguen.

El ruidoso inmueble en el que habitamos tiene ocho plantas. Llevo bastante mal el que haya tanto ruido porque no me deja estudiar. Sé que lo repito mucho, pero es que es la verdad. El vecindario es de lo más variopinto y la mayoría vivimos de alquiler; es más, creo que todos menos Esteban y la señora del quinto izquierda. Vivo debajo de ella y estoy hasta el gorro de aguantarla; no hay manera de que por las noches apague la televisión y el tocadiscos. Pone todo a la vez, las coplas más altas que la tele y, como está sorda, aunque aporrees su puerta o la llames por teléfono mil veces, no contesta; así que, casi todos los días, me dan las dos de la madrugada y sin pegar ojo.

En la puerta enfrente a la mía está instalado Moculescu, un rumano joven con mirada huidiza, muy alto y delgado como un tallarín, que se pasa el día entero tocando el piano. Es capaz de repetir “El campesino alegre”‖ de Schumann treinta veces seguidas sin descanso; dice que es para “calentar bien dedos”‖. Resulta alienante, como yo cuando repito mis temas de la oposición, una y otra vez. Estoy por pedirle a Esteban que me preste su loro, a ver si se los aprende y me los cuenta, que de tanto repetirlos hasta me estoy volviendo tartamuda. Me da pena Moculescu y, con tanta lástima, nunca me he atrevido a pedirle que por favor descanse un poco de teclear, por eso me he ido a quejar directamente a Esteban. Últimamente se lo oye menos y es porque nuestro portero le ha dado una manta para colocarla encima del instrumento. El pianista lo ha hecho sin rechistar y, con ello, ha conseguido amortiguar el sonido y mejorar el estado de mis nervios. Me estoy preparando el examen para el acceso a Judicatura y en este edificio no hay manera de lograr una adecuada concentración. El último martes que fui a recitar los temas a mi preparador lo hice fatal y me sentí como una auténtica irresponsable. Con el gran esfuerzo económico que tiene que hacer mi familia para que yo esté estudiando en la capital y no se me ocurrió nada mejor que pasarme el fin de semana en las fiestas de la piscina. Y es que los oía a todos subir por las escaleras y volver a bajar, y reírse unos con otros, y yo allí tan sola en mi habitación, empollando artículos legales como una máquina de memorizar. No lo pude resistir.

Yamilé, otra del vecindario, ha venido de Santo Domingo para hacer en Madrid la especialidad de Medicina del Trabajo y, después de haber obtenido una magnífica preparación, volver a su país para “ser alguien respetado”. Eso dice ella. También tiene mucho que estudiar. Los hombres de la casa están embobados con su piel morena, su cuerpazo y sus enormes ojos verdes, y creo que también los médicos adjuntos del servicio del hospital en que trabaja, por lo que pude deducir de varios de sus comentarios. Es curioso que el otro día, cuando le pregunté qué tal le habían ido sus seis primeros meses en España, me contestó que, más que nada, se había estado adaptando al léxico, porque ella habla español, pero no castellano. Me dejó estupefacta, pero lo dijo con tanta dulzura y seguridad al mismo tiempo que no le repliqué. Recién llegada me pidió ayuda en varias ocasiones y me dejó en mi buzón una nota sorprendente que ponía: “Le agradezco en nombre personal, de mis hermanos y padres, el tiempo dedicado. Le deseo que Dios la bendiga, ilumine su mente y dirija sus actos. Reitero mi consideración más distinguida”. Es diferente a nosotros y me gusta cómo usa el lenguaje. Tiene una gata de angora, hermosa como ella, de color gris perla y con los ojos azules. Cuando Yamilé sube a la piscina se lleva consigo a la gata y la coloca debajo de su tumbona para protegerla del sol. El animal no se mueve de ahí hasta que su dueña se lo indica. Estos días está en celo y la tiene encerrada en el cuarto de baño para que no se escape; sus maullidos resultan insoportables. No sé cómo puede estudiar, sobre todo con lo cansada que debe de llegar tras su jornada diaria en el hospital. Muchos vecinos se han quejado al portero, pero todos queremos a Yamilé y todos abusamos de sus conocimientos médicos.

Podría seguir con la descripción de los residentes del bloque pero, para terminar, creo que solo voy a contar algo de Carmen Riesgo, la novia de Esteban Marfil, nuestro portero. Está un poco chalada. Cuando la conocí me pareció tan sofisticada y elegante, cargada de joyas, con su pelo de peluquería, el bótox y una perfecta manicura francesa, que me pregunté por qué viviría en este barrio. Luego me lo contó ella misma. Resulta que, cuando se quedó viuda, decidió volver a sus orígenes y pasar lo que le quedaba de existencia cerca de su primer gran amor, Esteban Marfil. Y aquí los tenemos a los dos, rejuvenecidos veinte o treinta años, quién sabe, y amándose a gritos. Cada vez que hacen el amor resultan tan escandalosos que nos enteramos todos los que vivimos del cuarto hacia abajo, porque siempre lo hacen en casa de Carmen. En cierta ocasión me comentó que no soportaría mantener relaciones y al mismo tiempo oír hablar al loro. Yo ya me he acostumbrado a sus voces, y es que, como ya he dicho, nuestra vivienda es muy ruidosa.

Este mediodía, cuando volví de la academia, me crucé a Moculescu en las escaleras. El hombre iba con una media sonrisita y, cuando me vio, cambió el gesto y miró hacia otro lado.

—Buenos días, Moculescu. ¿Ocurre algo?
—Gata de Yamilé se comer gorrión de Esteban.

Volvió la sonrisita a su cara y continuó bajando las escaleras al tiempo que silbaba algo de Béla Bartók. Yo seguí subiendo hasta mi casa y fue al abrir la puerta cuando me encontré todo el caos. Entonces bajé al piso de Esteban y me crucé a Carmen Riesgo en las escaleras. Me paró y me agarró las muñecas con fuerza con la intención de tranquilizarme; mirándome fijamente a los ojos, me pidió que la escuchase. La gata de Yamilé había entrado por la ventana de Esteban y se había zampado al gorrión que estaba tan tranquilo comiendo sus altramuces en el sofá del cuarto de estar. Esteban la había sorprendido en pleno banquete, pero la gatita había logrado escapar como una flecha. Luego anduvo toda la mañana buscándola, hasta que por fin la oyó dentro de mi departamento. Esteban entró en él con su llave maestra y en un intento de agarrarla, la minina saltó por la ventana. El pobre animal murió estrellado contra la acera de la calle.

Todos queremos a Yamilé; es generosa, encantadora y se interesa por cada uno de nosotros. Y todos respetamos a Esteban Marfil, quien también se preocupa por los vecinos, la convivencia, la vida social en el edificio y por el buen estado de las instalaciones. Para la tarde había organizado una timba de mus en la terraza. Yo no pensaba subir, pero después del mal trago del mediodía y de ordenar mi piso, solo me vi con fuerzas de ponerme el bañador, tomar el sol y esperar a que empezase la partida de cartas. Sobre las siete apareció Yamilé con los ojos colorados y la cara muy triste, contándonos que se había encontrado a su gata muerta. La partida se paró en seco. Todos nos quedamos callados, mirando a la pobre chica, sin saber qué responder y esperando las explicaciones oportunas de Esteban. El loro andaba merodeando entre las tumbonas y soltó de pronto una frase que debió aprender aquella misma tarde: “No te preocupes, le compraremos entre todos una gata nueva”.

—Gracias, Esteban —dijo Yamilé con los ojos llenos de lágrimas.

A mí se me puso un nudo bien grande en la garganta. Es cierto que mis vecinos son ruidosos y molestan, pero gracias a ellos no me siento sola.

 

Detalle del cuadro de Marinela Fontoira, “Curiosity killed the cat”

Marinela Fontoira

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