Callarse – por ELENA SILVELA #misescritos

Se sintió aliviado por el simple hecho de contárselo. Todo iría mejor.

Pero no podía estar más equivocado. El alivio duró el tiempo que transcurre cuando quien escucha contesta sin poner un mínimo de cerebro.

La frase salió limpia y clara y no podía dar crédito. La ira se expandió en milésimas. La bilirrubina mala subió de golpe. Frunció el cejo y cerró los puños. Un bofetón se merecía, como mínimo. Increíble, pero cierto. Lo había dicho: ¿Sabes lo que te pasa en realidad?  Y como siempre en esta vida, a esa gloriosa afirmación de poder y sabiduría suprema le siguió un argumento que -como ocurre la mayor parte de las veces que uno juzga sin compás ni compasión- nada tenía que ver con la situación relatada.

Lecciones y consejos no pedidos son el veneno de las relaciones. Cualesquiera relaciones. Frases como “¿Te doy un consejo?” o “¿Me aceptas una sugerencia?” deberían borrarse del vocabulario de uno, en ocasiones hasta con lejía. “Te lo digo desde el cariño” es otra expresión nefasta. Denota falsa superioridad y merece un sopapo, bofetón o colleja junto a una respuesta contundente. Cuántos “Te lo digo desde el cariño” han desembocado en distanciamiento.

Hay otras variantes del tema en apariencia más suaves, pero todas ellas terribles: “Tú lo que tienes que hacer es…” y “Mira, los amigos estamos para decirnos las verdades y...” Zasca. El error, el grave error, es que no se ha solicitado consejo o lección y a pesar de ello se otorga. El sujeto se considera listo, sagaz, inteligente o visionario y verbaliza ampliamente. Convencido de atinar. Es el pecado de la vanidad en forma de filípica. Patético.

Escuchar. Escuchar y escuchar. Escuchar lo que se dice y lo que no se dice. Empatizar. Intentar empatizar. Callarse. Siempre callarse. Callarse la puta boca.

 

 

Elena Silvela

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