Caleidoscopio prometido – por ELENA SILVELA

Por el trampantojo del Torreón en ruinas de mi vetusto Castillo podía ver tu silueta. Asomaba por encima de la balaustrada de esmeraldas. Bajé presto a hacer tamborilear la aldaba de la puerta. Toc, toc, toc, hizo un sonido hueco el latón. Podía intuir las pérfidas manos de la dueña de la casa, madrastrona insigne, abriendo el portón. Siempre me había gustado el chirrido de ese noble coloso de roble. Al abrirse, la mirada desabrida de ella chocó con mi sugestiva sonrisa. Unos instantes de pulcro silencio. Pregunté por ti y ella negó vacilante. Alcé la vista y miré a diestra; contemplé tu rostro pecoso y burlón apoyado en el alféizar del balcón. «¿Seguro que no está?», perseveré. Hice caso omiso de la segunda negativa y elevé la voz: «Te espero bajo la sombra del almácigo, junto al sándalo». Con una reverencia sencilla volví sobre mis pasos, caracoleando por el sendero. Al poco de sentarme en el lugar convenido, pude sentir las campanillas de tus sandalias y el brillo del pañuelo tililando sobre el ramaje. Tu sonrisa frágil volvía a competir con la mía. Me llamaste zascandil y te nombré libélula. Esos ojos iridiscentes que me miraban con embeleso y sin rastro de maledicencia no eran baladí. Charlamos y charlamos hasta el crepúsculo del día siguiente. Me llamaste caballero y te nombré quimera. Convinimos la lumbre eterna en los albores e intercambiamos tu pluma de lapislázuli por mi cruz de zafiros. 

Con este pequeño Caleidoscopio te regalo lo prometido, un susurro de palabras bonitas. 

20DIC18

Elena Silvela

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