Caja de recuerdos – por ÁLVARO MÁRQUEZ

La historia inmaculada no sólo la escribiste con sangre sino también con vivencias de esas que difícilmente el tiempo puede borrar: el rezo diario y puntual, la luna siempre llena y contemplada en primera fila, el aplauso tenaz en las tardes de temporal.

Atesoraste recuerdos de mil colores, una carta manuscrita, algún dibujo digno de las mismas ondinas o una fotografía al abrigo de una torre cuando tan cerca reposaba el adoptado mar. Acuñaste conceptos reconstruyendo ruinas entre la mesa y la playa, te recluiste con expresión espartana durante los largos inviernos de distancia y soledad.

Sucedía entonces que en un prisma vacío se maclaban el papel y las vivencias, la urdimbre y los recuerdos, la trama que fija el color, el cristal en su destierro del cáncamo y los sentidos. La luz se descomponía apenas tras de un fino hilo -rendija por donde a la postre todo se ve- en explosión de turquesas de sueños, añiles de mar y cobaltos de fuego. Pero tal era la fuerza del viento que azotaba las persianas que pronto anidaron en aquel prisma los marrón reclusión, amarillo olvido y negro desazón, que ya la luz no llegaba con la fuerza de otros días, si acaso algún leve reflejo cuyos destellos mentían.

Ahora que el mirlo abandona la rocalla el verdín se va adueñando del fragor de su morada, del tronco de la catalpa que a duras penas si brota. Ahora que el silencio se erige de nuevo en guardián de tu universo asumes la cara derrota, los folios debajo del brazo que narraban tus victorias, los ojos bien enjugados entre morados y malvas y un pensamiento nada invisible y todo bronco: nunca el vencido fue mero perdedor, como nunca el tiempo fue perdido.

Calle abajo te alejaste camino otra vez de engrosar las listas de aquel vetusto cuartel, vetusto cuartel de invierno.

 

Álvaro Márquez

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