Café de máquina – por FERNANDO REVIRIEGO

Aquel café de maquina estaba bastante rico. O quizá lo que fuera es que simplemente estaba caliente. Y con el frío que azotaba Oviedo aquella Navidad fin del milenio, me pareció rico.

Después de beberlo en tres cortos y ávidos sorbos, dejé caer el vaso de plástico y la cuchara futurista en la papelera, junto a El Comercio del día anterior. La visión de la papelera parecía una fotografía de esas que adornan las paradas de autobus de vez en cuando. Mientras la idea de hacerme fotógrafo y dejar el curre pasó fugaz por mi mente –idea que en forma de distintas profesiones pasaba tres o cuatro veces a la semana por mi cabeza- una sensación extraña, como de tabaco, me inundaba la boca. Pensé que quizá al encargado se le hubiera podido caer alguna colilla en la maquina que, con el mecanismo que fuera, se encargaba de preparar invariablemente los cafés. En mi caso, un 15, café con leche dulce. Total, 75 pesetas. “Todavía no tengo que pensar en euros”, dije casi en voz alta.

Lo cierto es que tenía en la boca la misma sensación que la que tenía a los quince años, cuando comenzaba mis primeros escarceos con el tabaco. Rubio, recuerdo. Escarceos que duraron poco, ya que la postura de mi padre, al ofrecerme él mismo el tabaco, con la sola condición de que no fumara a escondidas, le quitaba gran parte de su atractivo.

Aquellas cajetillas, pocas, me servían, más que para fumar, -pues jamás fui capaz siquiera de tragarme el humo de un solo cigarro-, para intentar ligar. Iniciar la conversación podía resultar mucho más fácil ofreciendo tabaco, o incluso al ser abordado para pedir algún pitillo, en esa misma fingida o sentida necesidad. Lo cierto es que tampoco me sirvió demasiado, porque para ligar siempre fui bastante torpe y cortado.

No como el café, que nunca lo tomé así, cortado. Siempre con leche. Y desde hace seis años, un 15. Antes siempre, “con leche”, como en el anuncio de los Donuts.

Tragué saliva. El mismo sabor a tabaco. Sonreí, aunque sin apenas despegar los labios. Aprendizaje de seis años de convivencia en una pequeña oficina en la que tu jefe trabaja apenas a dos metros tuya, sin mampara alguna de protección tras la que esconder malas caras o dedos corazones.

Sí, tragando saliva ese sabor a tabaco recorrió mi cuerpo. Y el sabor me era conocido. Sí, era a tabaco. En eso no había duda alguna. Cerré los ojos, aunque lo hice apretando los pómulos hacia arriba. Así, si me veía el jefe, pensaría que tendría un dolor de cabeza. Si no, eso de tener los ojos cerrados, mientras él se tocaba las narices –todo hay que decirlo- podía quedar bastante mal.

El recuerdo comenzó a dibujarse en mi cabeza. Apreté más el pómulo. El dolor de cabeza debía parecer intenso. Era una habitación oscura, con luces parpadeantes. No, era un lugar más grande que una habitación. “..la sala Siete de Malasaña..”, grité. Bueno, lo grité en mi pensamiento. La sala Siete, eso era. Todos los viernes a las siete aparecíamos allí, y permanecíamos bebiendo Máhous sin parar hasta que se hacían la hora de ir a casa, que teniendo quince años, no creo que fuera más tarde de las once. No lo recuerdo bien ahora, y es curioso, porque lo que si recuerdo es que aquello de los horarios era una cosa que nos tenía entonces bastante descuadrados a todos los colegas.

La sala Siete. Luces, y música. Parecía Mecano. Joder, ya ni me acordaba de ellos. Bueno sí y no. El otro día vi un recopilatorio de ellos en El Corte Inglés. Mecano. Y todos bailan. Pido una Máhou, y me pimplo un tercio de un solo trago. Uno de los colegas me abraza mientras enarca sus cejas al fondo de la pista. Una morena despampanante y con una minifalda que casi parece sólo un cinturón se encuentra allí, bailando encima de un bafle con un ritmo acompasado a la letra de la cantante. “Joder”, exclama mi amigo al tiempo que derrama un poco de la cerveza que todavía no había tragado. “Tranqui…tranqui…” le digo al colega. “..Nos acercamos…” El corazón se me escapa entre las manos mientras comenzamos a ir hacia ella y un grupo de amigas que con vestimenta similar se encuentran a su alrededor.

“Saca la cajetilla y les ofrecemos tabaco” dice mi colega. Yo obedezco. Saco el Camel, bastante arrugado por cierto, y me quedo como un imbécil sujetándolo con las dos manos como si fuera una ofrenda. Creo que me mira. Estira un poco la falda hacia sus muslos, y sin inmutarse sigue bailando. Decir que está buena es poco..
Los minutos siguen cayendo y ya nos hemos atrevido a entrarlas. Bueno, hemos, es un poco exagerado. Yo solo les di el tabaco. Luego comenzó a hablar mi colega con una de ellas. Al poco, la otra también se puso a hablar conmigo en un descanso de su baile de gogó. Que si como me llamo, que si donde estudio, que si ella viene mucho a este sitio. “Joder..está buenísima..”. La música sigue sonando y ella no ha vuelto a subir al bafle.

Aprieto más los párpados. Quizá debería abrirlos, si no el jefe va a pensar que me ha dado un síncope. Bah, si ni siquiera estará mirando.

Yo vivo cerca de aquí, y voy al Instituto de allí abajo. Un día podíamos vernos. Pillo una cerveza en el barra y para ella un Martini con limón. Me agarra y bailamos un lento. Al rato, acerca sus labios y me besa. Su lengua se abre paso sin dificultad ni oposición entre ellos y me acaricia la mía. Nunca antes me habían besado.
Y me río. Bueno, me sonrío. Ella echa su rostro hacia atrás y me mira ofendida. Me pregunta de qué me río, y le digo que su lengua sabe a Cámel. No parece haberle hecho demasiada gracia. Soy un gilipollas, con lo buena que está…

Me agarran del hombro. Abro los ojos, y salgo del trance. Mi jefe está a diez centímetros de mi rostro con cara asustada y sus ojos, redondos y saltones no cesan de mirarme. “..¿Te encuentras bien’..” No puedo controlarme y me río mientras le respondo que sí. Hubiera estado bien darle un morreo y acojonarle un poco. Me vuelvo sobre la pantalla del ordenador mientras él lo hace a su mesa.

Miro la papelera nuevamente. El periódico sigue ahí, y el vaso de plástico del café, con sus posos como mancha sucia, hacen difíciles equilibrios sobre el mismo.

Los mismos equilibrios que hice yo con mi primer beso.

 

cafe

Fernando Reviriego

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