Buscando un macho, por MARINELA FONTOIRA #relatos

La noche pasada soñó que tenía un hijo y, cuando estaba expulsando la placenta, se despertó y decidió que su instinto maternal había llegado: “Esto es una señal, es el momento de cruzar al perro”. Teodora tiene un macho negro de cocker spaniel heredado de su aprensiva y absorbente madre. “Hija, cuídamelo bien, que solo te tengo a ti y ya sabes que Joe es lo que más quiero en este mundo”, le dijo la anciana antes de morir.

Ilusionada con la idea, desayuna plácidamente sus tostadas de pan con mantequilla, dos para ella y una para Joe, que al acabársela ladra para pedir otra, mientras la mujer interpreta ese ladrido como la forma que tiene el animal de dar las gracias, y recuerda la imagen de su madre educándolo con mucho amor. “Pillín, que callado te  lo tenías, vas a ser papá”. El perro la mira contento y le responde moviendo la cola esperando una nueva tostada que nunca llega. Teodora piensa en la hembra color canela tan bien cuidada que corretea por las mañanas en el parque; cree que no es de raza definida, pero le parece muy lista y alegre: “Será la novia perfecta para ti, Joe, y yo podré tener mi cachorrito”.

Esa misma mañana lo cepilla a fondo y lo perfuma para luego salir en busca de la “chica”, tiene un precioso pelo largo y negro con ricitos en las puntas. “Los domingos son buenos para ligar, Joe”, le dice esperanzada. Han llegado muy pronto y Teodora se sienta en un banco a esperar, mientras Joe juega con el bulldog y la pareja de gos d´atura que también han madrugado bastante.

A medio día, cuando ya calienta un poco más el sol, Teodora se levanta del banco al ver a la futura madre de su cachorro. El dueño es un tipo de mirada tristona en el que nunca se había fijado antes, se acerca a él y le hace una proposición indecente: “Hoy he soñado que tenía un hijo y, aunque reconozco que Joe es un poco bajito, ¿qué le parecería cruzarlo con su perrita?”. El hombre, que tiene la capucha de la trenca beige puesta, parece haberse quedado perplejo ante semejante saludo y, con los ojos muy abiertos, mira fijamente a Teodora al tiempo que el gris de su rostro cambia a un rojizo pálido y le sigue la conversación: “Por la altura no se preocupe, le ponemos una guía telefónica debajo de las patas traseras y arreglado”. Teodora sonríe y le contesta: “Bien, entonces podemos intentarlo”.

De casualidad la hembra está en sus días de celo, por lo que han quedado para esa misma tarde. Samuel le ha dicho a Teodora que hace tiempo que quiere cruzar a su perra y que es preferible que él la lleve a su casa; resulta mejor cuando el cruce ocurre en el terreno del macho. Teodora es incapaz de esperar a que lleguen y, nada más terminar de comer, se impacienta, temerosa de que Samuel cambie de opinión. Aparece a las tres en punto ante su portal, con Joe bajo un brazo y la guía de teléfonos bajo el otro. Llama con insistencia al timbre y despierta al hombre de su siesta.

Ya en casa de este hombre, dejan a los animales solos en la cocina y, a través del cristal que tiene su puerta, los espían. Joe se muestra tímido en exceso y Teodora se enfada con él. “Tranquila, mujer, ya se animará”, le dice Samuel. El intento resulta fallido, tanto ese día como los dos siguientes. La cuarta tarde de reunión, Joe parece menos tenso y en un despiste de su dueña monta a “la novia”. Samuel da un pequeño codazo a Teodora para hacerla salir de su ensimismamiento y esta abre la puerta de la cocina con brusquedad para entrar e intentar colocarle a su perro la guía telefónica debajo de las patas traseras, consiguiendo con ello desconcentrarlo y que el animal abandone su actuación para tumbarse de nuevo en una esquina con las orejas muy bajas.

A Teodora se le saltan las lágrimas, había puesto toda su confianza en el cocker, pensaba que su madre le mandaría desde el cielo una ayuda para tener descendencia. Samuel trata de consolarla con palabras y ella le explica que es demasiado mayor para tener hijos. Es una mujer dulce y cariñosa. Samuel no se acerca a ella, pero la pobre tiene tal desasosiego que sin pensarlo se lanza a los brazos de su reciente amigo para llorar la muerte de su madre, su impotencia, su soledad, su falta de sexo y de amor. Samuel le acaricia el pelo y luego la cara. Teodora se siente reconfortada y entre sollozos le dice: “Necesito alguien a quien cuidar”.

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“Ella no quería dormir sola” – Pintura de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

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