Buenos modales

Mi padre se volvió a casar al año de morir mi madre. Lo hizo con una señora elegante y antipática que no perdonaba la falta de modales. Todo cambió a peor, especialmente las comidas de los domingos, que dejaron de ser divertidas.

Recuerdo que nos sentábamos muy formales, con las rodillas juntas y las muñecas apoyadas sobre el mantel, en el borde de aquella mesa gigante en la que, ahora, las niñas comíamos sólo los domingos. En los extremos se sentaban los mayores, mi madrastra en el de delante del ventanal que daba a la calle. A la izquierda de mi madrastra, un paso por detrás de la silla en la que la bruja se sentaba majestuosamente, Paca esperaba de pie. De negro y con el blanco delantal almidonado, su pelo estirado hacia atrás y tan rígido como la cofia que lo amarraba, permanecía a la espera de que le diesen la orden de servir. Al otro lado de la mesa, mi padre daba la espalda al aparador. Se sentía un poco intimidado por estas comidas de domingo, y hasta la señal que hacía a Paca para servir era de prestado todavía.

La señal era un breve pero brusco movimiento de cabeza; Paca se ponía de inmediato en marcha. Iba de sitio en sitio ofreciéndonos, por la izquierda, la enorme sopera azul. Cuando nos la ofrecía a las niñas, la mujer se agachaba un poco para que nos fuera más fácil servirnos.

Yo, invariablemente, me rociaba la pechera bordada del vestido de los domingos pero como era pequeña no me exigían aún los tantos y tan complicados modales a los que estaban obligadas ya mis tres hermanas. Ysi metía el flequillo en el tazón de leche no pasaba nada.

Isabel, con trece años, era la reina de la casa. Manejaba los cubiertos con soltura, jamás se manchaba, jamás derramaba nada y los bordes de su plato llegaban al final de la comida sin una gota de salsa de tomate. Era elegante hasta cuando estornudaba; la hija perfecta que mi madrastra quería, aunque mi padre se sentía un poco intimidado por ella.

María, de doce,  hacía siempre mucho ruido para todo. Sorbía la sopa, hacía gorgoritos cuando bebía, y se metía la esquina de la servilleta por el cuello del vestido demasiado apretado. Mi madrastra siempre decía que era como de campo. La dejó por imposible muy pronto.

Con once años, Amparo era una especie de ratoncito serio y muy torpe. No era guapa ni fea; era tímida y temblona, siempre parecía asustada. Y todo eso junto sacaba de mi madrastra lo peor que llevaba dentro, que era mucho. Todos los domingos sin fallar uno Amparo derramaba el agua en la mesa. Para que aprendiera, por su bien, era la encargada de servirla siempre.

—Amparo, sirve el agua, hija —ordenaba mi madrastra con falsísima voz suave.

Y empezaba el circo. Todos nos poníamos en alerta roja.

Nos envarábamos en nuestras sillas, fijábamos la vista en la mano derecha de Amparo y calculábamos la distancia entre esa manita y la jarraza. Calculábamos en silencio también el posible recorrido —cada domingo más corto debido a las generosas artimañas de Paca—, y nos disponíamos a acompañar a aquélla mano en su vía dolorosa con algo de ansiedad y una chispa de esperanza de que este domingo fuera, por fin, el primero de una nueva era.

Amparo, supongo que mucho más tensa que el resto de nosotros, acercaba despacio y con cuidado la mano a la jarra y, a mitad de recorrido, justo a la mitad, sufría la primera sacudida. Un poquito, no demasiado, pero temblaba. La mano se paraba un segundo y luego, como suspirando, reiniciaba el recorrido. En ese momento, todos sabíamos que todo sería igual. Otra vez. Mirábamos a mi madrastra que ya tenía los labios apretados y la espalda tiesa.

Y nos relajábamos. Ya sabíamos el final, desaparecía el suspense y, con él, la excitación por lo desconocido. También se relajaba Amparo; ella también sabía.

Y con esa prisa que da el deseo de terminar lo que duele, mi hermana cogía la jarra con descuido. Justo al inclinarla sobre el vaso de mi padre, la mano hacía un movimiento brusco, como siguiendo un impulso interior propio —algo casi místico, nada que ver con una orden del cerebro—, y el agua comenzaba a caer, despacito y temblona, haciendo un zig-zag fuera del vaso. Luego veíamos cómo el agua, poco a poco, dibujaba transparencias oscuras en el mantel de los domingos, un mantel de organza blanca lleno de bordados y calados imposibles.

—Siempre igual, Amparo. ¡Eres una descuidada, hija, no tienes remedio! Ya no  sé qué hacer contigo, eres imposible —la voz se hacía agria y subía de tono.

Amparo bajaba la cabeza y dejaba la jarra al alcance de Isabel, que nunca derramaba nada. Y empezaba formalmente la comida de todos  los domingos de dios.

—Y la niña, ¿qué? Sieeeeeeempre se mancha la pechera, y no le decís nada… —era un buen intento, pobre.

—Es pequeña, y tú ya eres grande. ¡Y no me contestes! —zanjaba la conversación mi madrastra.

Luego, dirigía la mirada hacia mi padre, que esperaba órdenes:

—Luis…

Y Luis, obediente, cogía por la hoja su cuchillo y con el mango de plata labrado le daba a Amparo en los nudillos un golpe, lo justo para humillar pero no saltar la piel. Yo creo que nunca supo por qué tenía que darle a Amparo un mangazo de cuchillo, pero sabía que tenía que dárselo y se lo daba.

Aún quedaba la traca final: la prueba de resistencia de buenos modales en la mesa. En cuanto una de nosotras levantábamos el codo un centímetro más de lo estrictamente necesario, mi madrastra decía sin levantar la voz:

—Hijas, no tenéis que echar a volar para cortar el filete. Y no uséis el cuchillo para cortar las croquetas, por favor. No se usa cuchillo en platos de pasta, huevos ni masa blanda… ¡qué aburrido me resulta tener que estar repitiendo siempre lo mismo! —odiaba que nos llamara hijas.

Y esa era la señal para que Paca, con toda la rapidez que le permitía su artritis, saliera corriendo del comedor y volviera con seis hojas de papel.

—Joooo, no, por favooooor … —suplicábamos a coro las tres pequeñas.

Y Paca nos ponía una hoja de papel debajo de cada sobaco: ahora teníamos que terminar la comida sin que se moviesen de su sitio. Con la espalda recta y la nuca rígida, nuestros brazos, desde el codo a la muñeca, conseguían moverse con vida propia, independientes del resto de nuestra anatomía. Del codo al hombro, nuestros brazos permanecían inmóviles y pegados al cuerpo, como si fueran parte del torso.

—Hala, ¡a comerse la sopa! Y sin sorberla. No quiero oír ni un ruido, niñas.

De modales, papá tenía los justos de natural pero había aprendido muchos más desde que mi madrastra le diera el sí.

Y ahora, mientras le acerco a la boca una cucharilla con agua de limón, miro a mi madrastra acurrucada en la cama, menuda como un pajarito, luchando contra la fiebre, consumida y casi inconsciente. ¿Serán los buenos modales importantes en ese otro mundo donde pasa tantas horas?

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Niños comiendo melón y uvas. Murillo

Rosa H. Mula

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