Blanco y negro – por PILAR RUBIO

Estoy segura de que tú lo harías mejor, con dignidad ¡dichosa frasecita! Pero es que yo no he escrito antes una carta a un difunto. Difunta en este caso. ¿Qué se pone como encabezamiento? Querida mamá es cursi; madre a secas, muy borde; señora madre, paleto. Seguiré pues madre, mamá o Gygy, como siempre te gustó que te llamaran aunque ya hubieras cumplido los sesenta.

 

Hoy me ha llamado Charly, cuando yo estaba llegando al aeropuerto a coger el avión ¡Si es que lo sabía! No iba a llegar a tiempo. Hasta morirte lo ibas a hacer a tu manera. Adelantando las previsiones de los médicos y dejando a los demás en evidencia.

 

Nunca te dije que en mi dormitorio hay una foto. No sé si la recuerdas. Es esa en la que estamos saliendo de casa de tu jefe. Sí, aquel señor tan serio con el que te casaste después de lo de papá. Yo la guardé. De las pocas que quedan de los cuatro juntos. En blanco y negro, no entiendo el capricho, pero vale. Tú, como en la vida en general, ocupando dos tercios del espacio, sin dejar casi aire, con tu pelazo, bolsazo y abrigazo, preparada para impresionar. Papá intemporal y desvaído, podría haber vivido el crack del 29, el rock de los 50, la guerra de Vietnam, incluso la de Irak, que daría igual, seguiría con los hombros encogidos, el pelo enmarañado y ocupando su lugar entre la niebla. Charly ¡cómo no! haciendo el memo, para que desde pequeñito pensaran que era tonto y le dejaran en paz. Luego al M.I.T, que ya sabes lo que pasa con los genios, que bizquean y se tocan los huevos todo el rato. Yo como una amazona de ganchillo, fotocopia de ti sin maquillar, intentando zafarme ya de tu presencia imponente y mirando con hostilidad al mundo, sin duda por el maldito gorro, que picaba como picaron todos los que me hacías llevar.

 

Mientras te escribo la miro. Veo la luz a nuestra espalda tan brillante que ya quemó el pasado, nos veo parados, no hay donde volver. En ese extraño momento suspendido, sólo parecemos vivos Charly y yo.

 

Después vendrían los años en color, yo perdería los gorros, tú a papá. Te irías haciendo vieja, sujetando tu cetro. Creceríamos Charly y yo bajo tu sombra, tupida, espesa, a veces protectora y otras sofocante. Esa sombra que todo lo tapaba, que encerraba nuestra vida en tu cabeza. La vida no pasaba, la pensabas. Pero sobrevivimos. Y un día, cuando llegaron los años digitales y las fotos de móvil, nos marchamos.

 

Hasta que hoy, llegando al mostrador de un aeropuerto, Charly me habló y tú ya te habías ido. Y me quedaron tantas cosas por decir.

BLANCO Y NEGRO

Pilar Rubio

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