Benavides, por MARINELA FONTOIRA #relatos

Una víspera del día de Navidad en la casa de mis abuelos, donde mis hermanos y yo pasamos más de media infancia, la abuela cantaba “Ramona en su palacio de cristal” y bailaba dando vueltas por la cocina, nosotros hacíamos los coros escondidos debajo de la mesa y nos mondábamos de risa porque aquella canción nos parecía horrorosa, “Ramona, serás la reina sin igual”; cuanto más la cantábamos, más gorgoritos hacía la abuela emocionada. Era el veinticuatro por la mañana y tocaba preparar el pavo relleno para el día siguiente, lo cual llevaría unas cuantas horas. Benavides, que así lo habíamos bautizado el día anterior cuando lo habían traído a la casa, con las plumas de la cola abiertas y dispuestas en abanico, andaba sin parar de un lado a otro sobre las baldosas frías y grises de la cocina, como intuyendo que iba a llegar su final. Era un pavo hermoso, eso decía la abuela, pero aquella cabeza cubierta de verrugas rojas y ese moco de diez centímetros que le colgaba del pico nos daba auténtico miedo. El antifaz azul alrededor de sus ojos nos hacía pensar en el llanero solitario, y las plumas negras metalizadas reflejando brillos azules, en Batman. Cuando el bicho pasaba cerca de nuestro lado emitía, una y otra vez, ese característico sonido gutural que hacen estas aves, pero las risas y canciones de la abuela no nos dejaban escucharlo con claridad; estaba muy contenta, decía que no recordaba haber tenido nunca uno tan gordo como ese, debía pesar más de quince kilos.

Para conseguir una carne sabrosa había que impregnarla previamente de coñac, antes las cosas se hacían así, y, para ello, le separaban al animal a un lado el gran moco colgante, le metían un embudo en el pico y le hacían beber una botella del fuerte licor. Nosotros nos quedábamos muy quietos observando el ritual, sin pestañear y en absoluto silencio, esperando a que, en este caso, Benavides, se acabara la botella y empezase a andar dando tumbos por la cocina, que justo era el momento en que se oía: “Hala, niños, a la huerta, que ha dejado de llover. A tomar el aire”. Y obedientes salíamos para continuar viendo algo del espectáculo desde afuera, de puntillas y asomados a la ventana. Para el desplumado posterior sí nos dejarían volver a entrar, pero era feo y aburrido, y no nos interesaba.

Yo lo vi muy claro, Benavides no era de este planeta y traté de explicárselo a mi hermana pequeña: “¿No te has dado cuenta de que cada vez que pasaba a nuestro lado intentaba decirnos algo?”. Nos alejamos de la ventana y, sentadas en el borde húmedo de la fuente de granito, mirábamos pensativas los peces colorados que se movían a toda velocidad por el agua casi helada. “No podemos quedarnos quietos, hay que encontrar pistas”. Cerca del gallinero había un agujero grande y, convencidas de que allí había aterrizado una nave espacial para dejar a algún compañero de Benavides que había venido a rescatarlo, empezamos la expedición. Mi hermano, letrado en asuntos del más allá y aparentemente fuera del juego, nos dijo que los extraterrestres no solían dejar huellas, pero que él acababa de ver una estrella fugaz a plena luz del día… “Pues está clarísimo, busquemos al compañero de Benavides, debe estar escondido detrás de algún matorral. Vamos a separarnos. Cada uno que vaya por un lado”.

Los avellanos pelados de hojas y los limoneros cargados de amarillo fueron mi zona objetivo para la búsqueda. Joe, nuestro perro, iba a mi lado. “Si encuentras algo, avísame”.  El fuerte olor a tierra y hierba mojada acompañaba mis pisadas suaves y tranquilas, había que ir muy despacio para no espantar al posible alienígena. El perfume de la malva rosa atrajo mi atención y de pronto vi salir de la planta un polvo brillante que empezó a flotar y a dibujar figuras en el aire, girando a mi alrededor, cada vez más rápido, hasta que finalmente se juntaron todas las partículas adoptando forma de pavo y empezaron a ascender. Joe empezó a ladrar sin parar y mis hermanos acudieron corriendo en cuanto pronuncié muy alto el nombre de Benavides, y los tres vimos subir su espíritu extraterreste de vuelta a su planeta. Cuando ya no quedó rastro de él, corrimos con nuestro secreto a la cocina en busca del calor del hogar y allí estaba el ave de corral preparada para ser despojada de sus plumas.

La abuela, todavía lozana, joven y fuerte, se remangó y nos brindó una gran sonrisa.

 

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Retrato de una niña, por MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

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