Belleza y arte en las golondrinas – por PEDRO PABLO MIRALLES

Al comienzo de la atípica primavera de este año, vi la llegada de esa pareja de golondrinas y he comprobado en su permanente ir y venir, alegre y cantarín, su destreza y rapidez en la construcción del nido en pocos días, realizando una labor ingente y minuciosa. Al anochecer dormían una al lado de la otra sobre un cable de electricidad doméstica y ¡hay que ver como dormían!, como leños, ocho horas diarias seguidas a partir de las veintiuna treinta horas y no se inmutaban por mi proximidad ni por los ruidos del vecindario que no los míos.

Terminado el nido, me he cerciorado que la hembra, con toda su parsimonia, ya ha puesto en el nido cuatro huevos con sus pintas marrones de camuflaje, sobre una cama de pequeñas plumas y ramitas bien entramadas a modo de habitáculo y colchón mullido, que los incuba día y noche con solo algunas escapadas diurnas. El macho se deja ver de forma intermitente durante el día y desparece en la noche, no debe ser muy monógamo. En poco tiempo espero ansioso la llegada de los cuatro polluelos y todo lo que seguirá después, que será mucho y grandioso.

Me aseguran que cuando se vaya aproximando la llegada del otoño, esa pareja de golondrinas y su descendencia, emigrará junto con otras de su misma especie hacia el continente africano pero, el año que viene, cuando aparezca de nuevo la época estival por los madriles, aparecerán en el mismo lugar y nido. Hasta que esto ocurra, me dispongo a disfrutar y seguir aprendiendo de la naturaleza, el arte y la belleza del comportamiento de las golondrinas. Tengo claro que cuando se vayan en su peregrinar a tierras más cálidas, las echaré de menos pero las seguiré llevando aquí en el corazón y en la mente.

 

Pedro Pablo Miralles

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