Baldomero sigue ahí – por PEDRO PABLO MIRALLES

En la plaza siempre hay mucho movimiento y, en las horas punta, aglomeración a las puertas del metro. Entre los viandantes se puede ver de todo, gente de lo más variada, unos con aspecto distraído absortos en sus cosas, otros con andares acelerados y gesto de preocupación, los menos disfrutan de un paseo. Baldomero les mira con una leve sonrisa y su gorra de invierno calada hasta las orejas, hace escasamente un mes ha superado un infarto y desde entonces decidió abandonar la bebida, hasta ese momento única fuente de calor desde que empezó este otoño.

Así transcurre la mayor parte del tiempo en la vida de Baldomero, con setenta años a sus espaldas, filosofando a su manera en un banco de piedra blanca de su querida plaza, dialogando en silencio con quienes pasan por delante haciendo como que no le ven. En ocasiones comparte ese banco de piedra con algunos compañeros de fatigas. A escasos metros no falla el músico con su viejo organillo del que salen canciones populares que también dan su calorcito. Hoy pasaba por allí y me senté un rato con él, charlamos mucho en poco tiempo y nos despedimos hasta la próxima con un gran abrazo.

A última hora de la tarde, Baldomero hace cola en la fila de comensales que esperan pacientemente para recibir una bolsa de alimentos que una asociación benéfica reparte puntualmente todos los días del año. Como muy tarde a las nueve de la noche, debe estar en un centro donde le acogen para dormir y, al despertar, disfruta de ese desayuno que dan a todos los sin techo que cabían en el edificio, ciento veinte en tres grandes salas razonablemente calientes con diez duchas de agua templada. Cada dos semanas tiene que cambiar de refugio, pero su experiencia después de tanto tiempo en la materia, le garantiza en las épocas frías del año no dormir al sereno.

 

Pedro Pablo Miralles

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