Balada marinera – por ENRIQUE QUESADA

Pelo lacio y rubio y el mar en los ojos. No es que fuese un tío de calendario, pero no dejaba de tener su aquél.

Era aparente. Delgado, ligeramente musculoso, sólo ligeramente, nunca me han gustado los tipos cachas, y lo más importante, lo que me abría de par en par las puertas del puente de mando, pasando por una racha…, cómo podríamos calificarla, entre complicada, tortuosa y dificultosa, vamos, un je ne sais quoi…, 18 añitos bien llevados y, como yo le repetiría después en varias ocasiones, con un corazón tan grande, que cabía demasiada gente.
El caso es que me quedé prendada. Sí, he de reconocerlo, coladita por él, y no podía dejar escapar la oportunidad que se me brindaba. No dejaba de ser un barco a la deriva, y ya se sabe que toda nave abandonada a su suerte en alta mar, acaba perteneciendo al tripulante que se atreva a ponerse a sus mandos y sea capaz de mantenerlo a flote.

De manera que “como una ola, mi amor llegó a su vida”, así me precipité sobre él. Como una ola enfurecida, lanzada contra su costado, dejando al navío varado sobre la arena de la playa, peligrosamente escorado hacia estribor y con todo en su interior patas arriba. No obstante, no fue fácil hacerme con el timón, no siendo pocas las artes que hube de emplear para ello. Costó muchas mareas, arribes a puertos, alguna que otra galerna alternando con mar en calma, el dulce vaivén de las olas, la fresca brisa marina, de vez en cuando algo de mar de fondo, y las más de las veces mi dominio del inglés.

Que ¿qué tiene que ver?, pues que él no tenía ni idea de la lengua del té de las cinco, y gustándole como le gustaba Elton John, igual que a mí, yo le cantaba las primeras estrofas de una de sus canciones, esa de “I guess that’s why they call it the blues”.

Extasiado, el chaval se quedaba tarareando el “bituin yu an mi, na-na-na-na-ná, beter, uúúúúuu -uúúúúuu” sin tener ni la más remota idea de que implícitamente ya le estaba declarando mis intenciones, y es que de nada partía con él al principio, pero mal se tenían que dar las cosas para que al final nada positivo pudiera sacar de él, por lo que, sucediera lo que sucediese, el tema sólo podía ir a mejor, así que ¡al abordaje!
No obstante, tal acto de piratería hubo de ir “a fuego lento” en un principio, y entre canciones y olas, brisas y tarareos, fue pasando el tiempo, hablando de “los años que nos quedan por vivir”, mientras que yo, “poquito a poco le fui camelando, poquito a poco le fui demostrando mi amor”, hasta que al final “cogió sus cosas y se puso a navegar”, que vamos, que tomó las de Villadiego y rompió con su vida anterior, logrando al final que “ese barco velero cargado de sueños cruzara la bahía” y acabara recalando en buen puerto, en el mío.

Y reconociendo que fue complicada esa primera fase, no podéis ni imaginar la continuación, y es que aquel velero venía sin libro de instrucciones, y tenía botones, palancas y manivelas por todas partes.

Por definirlo con una sola palabra: Complicado, era un tipo complicado. Resultó que era tal la dependencia de su anterior oficial al mando, la que tantos años había guiado los designios de su nave allende los mares, que no sabía ni dónde tenía el botón de arranque, ni el trinquete, ni la mesana.

Fue una ardua tarea, “Don’t wish it away…”, ¡uyh, perdón!, es un tic que me ha quedado de aquella época. Sí, un duro trabajo el de redirigir aquel bajel, guiarle hacia sotavento y demostrarle que había otros puertos donde arribar, pero cada vez que ponía proa hacia latitudes desconocidas, acababa virando rumbo a ensenadas que antaño le ofrecieron buen refugio de los vientos del norte “don’t look at it like it’s forever…”, ainssss, otra vez.

Y poco a poco me fui dando cuenta que iba a ser una navegación mucho más difícil de lo que en un principio pude llegar a sospechar, ya que, además, la antigua capitana, abandonada a su suerte, no se quedó “empapada en llanto en el muelle de San Blas”, sino que resultó ser como el “Yellow submarine”, haciendo un arduo trabajo de fondo, acariciando su quilla como si fuera la Sirenita “bajo el maaar”.

A veces dirigiéndole unas sutiles “cartas amarillas”, otras enviándole “un ramito de violetas”, el caso es que de una manera u otra, nunca desapareció completamente de nuestras vidas, siempre estuvo castigando nuestra línea de flotación.

La gota que colmó el vaso tuvo lugar “en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto”. Seguro que el chaval se sigue preguntando cómo le convencí, después de todos estos años (artes de mujer enamorada) para ir a Viveiro a ver un concierto ¡de Melendi!.

Lo del escenario seleccionado estuvo en consonancia con lo que se esperaba del protagonista. A diferencia de la boda de la primogénita, que se la llevaron a Sevilla para asegurar una buena audiencia, al figura le buscaron un puerto recogidito para que diera impresión de llenazo en la tele, ya que si bien el concierto era benéfico, la mayor parte de la recaudación estaba previsto que se obtuviera de la consabida fila cero y de los patrocinadores privados, más que de la venta de entradas.

La gente saltó, cantó todas sus canciones siguiendo sus letras en pantallas gigantes dispuestas para la ocasión, hasta nosotros lo pasamos bien, “y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres”, reímos, y bebimos, mucho, fijaos si bebimos, que hasta me pareció ver entre la gente a la excapitana del quilla floja éste.

Y “no es que sea el alcohol la mejor medicina, pero ayuda a olvidar cuando no ves la salida”, y hablando de salidas, todavía me muero de la intriga por saber de dónde salió la tía esa, cómo pudo dar con nosotros. Y más que de intriga, de lo que me quería morir era de estupor cuando, llegando a nuestra altura, le tomó la cara entre sus manos, le explicó que “en la mañana fría y en la noche te busqué, hasta enloquecer”, y situando sus ojos a la altura de los de su amado le dijo: “Mírame, soy tu amor, regresé”.

Pasmada me quedé. En un principio no pude ni reaccionar, me quedé en blanco, por más que intenté hablarle, “le miré a los ojos y no supe qué decir, ya no tengo palabras para ti”, mas reponiéndome de la primera impresión, me dirigí a la intrusa y le espeté: ¡ya me habían advertido que me anduviese con cuidado contigo!, que “dicen que tienes veneno en la piel”. ¿Sabes lo que te digo, nena?, pues que “del barco de Chanquete, no me moverán”, “este chico es mío, casi casi mío, está loco por mí, y por eso él es míooooo”, déjanos tranquilos, “vete ya de mi vida, déjame en paz, tus ojos de perdida no me dejan soñar”.

En serio, no daba crédito a lo que estaba sucediendo, no podía ser cierto, pero mucho menos podía imaginar lo que iba a suceder a continuación.
Aquí, al que yo tenía por un galeón español, se comportó como un “barquito de cáscara de nuez”, y con lágrimas en los ojos, se volvió hacia la víbora, para lloriquearle un “no hago otra cosa que pensar en ti”, que el otro día, saliendo de la ducha, “sobre un vidrio mojado escribí tu nombre sin darme cuenta”, y volviéndose hacia mí, “con los ojos llenitos de ayer”, con un melancólico “lo siento, mi amor, pero hoy te lo voy a decir”, me descerrajó un “déjame, no vuelvas a mi lado, una vez, estuve equivocado”.

Así que después de toda la pelea, los mares de fondo, los oleajes, los abordajes, las marejadas, las tempestades y las calmas chichas, me quedé allí plantada, como “la estatua del jardín botánico”, viendo cómo marchaban “los dos cogidos de la mano, por las calles”.

Han pasado muchos años de todo aquello, y el tiempo me permite verlo con otros ojos. Ya que “dicen que la distancia es el olvido”, puse tierra de por medio y amparada en mi dominio del inglés (uuúúúuu – uuúúúúúuu), me trasladé a vivir al Reino Unido, a Brighton, concretamente “living next door to Alice”, una compañera de la multinacional envasadora de mantequilla salada en la que trabajo.

Vivo en una casita al lado del puerto, y sentada al ordenador, mientras consultaba los horarios del “last train to London” para ir a Harrods a comprarme “una maleta de piel y un bikini de rayas”, me ha llamado la atención el gracioso vaivén acompasado con las olas de un barquito pesquero fondeado a media distancia entre el puerto y la playa, y han acudido a “mi mente, recuerdos de otros tiempos, de los bellos momentos que antaño disfruté”.

¡Inocente!. La verdad es que visto desde la distancia, puedo llegar a creer que yo también jugué con él a mi antojo, pero bueno, tampoco me voy a arrepentir a estas alturas de la vida, que una alegría para el cuerpo a esas edades, ¿quién no se la ha pegado? Me consta que nunca más ha sabido de mí, ya me he preocupado yo de ello. No obstante, yo sí que he vuelto a saber de él, y sé que a pesar de los muchos años que han pasado, en las noches tormentosas en las que se ha sorprendido frente al mar y el viento le ha envuelto con el furor de las olas rompiendo contra el espigón, se ha refugiado de sus miedos tarareando aquella canción del “bituin yu an mi, na-na-na-na-ná, beter, uúúúúuu – uúúúúúu.

¡POBRE IMBÉCIL, todavía no ha aprendido inglés!

 

Pintura de Zaria Forman

Enrique Quesada

Enrique Quesada Ha publicado 15 entradas.

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