Azul o roja – por RAFAEL DE LA TORRE

Aún el reloj de la iglesia no ha alcanzado las seis de la mañana y yo me dirijo en taxi al aeropuerto internacional. Mi mujer no ha dormido a mi lado, triste presagio de la separación inminente con la que nos amenaza la justicia. Durante el vuelo desde Zurich hasta el aeropuerto de Palma sólo me consuela la suerte que he tenido a pesar de todo en el juicio;  si los jueces hubieran atendido la petición de la fiscalía mi condena habría sido el triple de larga. Jamás sospeché que pudieran acusarme de tantos delitos por mis acciones: prevaricación, malversación, fraude a la administración y falsedad documental; una lista bastante completa de términos legales hasta hace poco desconocidos para mí.

Llego a Palma y en otro taxi me dirijo desde el inmenso aeropuerto a la audiencia. Allí  me comunicarán si entro de inmediato en prisión, me imponen una fianza o me conceden otro año de libertad mientras recorro la escala de la justicia a la caza de un veredicto más suave o de morirme de viejo.

Paso las horas víctima de múltiples miradas en la sala. Sudo debajo de mi camisa de marca, de mi traje planchado, prefiero no pensar hasta que por fin alguien se dirige a mí por mi nombre. Ha llegado mi hora.

— Qué se ponga en pie el acusado. Don Ignacio…. le comunicamos su inmediato ingreso en la prisión de…

Escucho y lamento compungido no llamarme “don Iñaqui” en lugar de “don Ignacio” y no estar casado con una infanta ni ser yerno de algún viejo monarca.  Me hinco las uñas, desesperado, hasta hacerme una herida en la muñeca y así pierdo mi última esperanza: Mi sangre no es azul, es vulgar y tristemente roja.

Rafael de la Torre

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