Automate – por JAVIER PECES #escritos

La automatización es una de las mayores encrucijadas del momento presente. Si logramos sobrevivir a nuestra codicia, nuestra territorialidad, nuestro carácter pendenciero, nuestra irrefrenable tendencia a envenenar el planeta y al resto de nuestras adicciones autodestructivas, poblaremos un planeta en el que, aparentemente, las máquinas han dejado fuera del mercado laboral a una buena parte de la población.

Discúlpese el pobrísimo juego de palabras del título, aunque tal vez tenga sentido. La automatización dará jaque mate a la humanidad si no cambia el paradigma. Millones de personas no pueden sobrevivir en un mundo crecientemente tecnológico porque son incapaces de adaptarse a los nuevos modos. Antes malvivían en la cadena de producción haciendo trabajos manuales. Ahora la cadena necesita personas expertas en desarrollo de hardware software pero, una vez programada, la máquina hace su trabajo con poquísima intervención humana.

Esta es la tendencia. No existirán puestos de trabajo no especializados, no tecnológicos, no adaptados a quienes prefieren permanecer al margen del cambio. Ni siquiera el mundo rural, feudo natural de la tradición, puede sustraerse a esta tendencia. La agricultura y la ganadería se mecanizan de forma creciente, a medida que la seguridad alimentaria exige completa trazabilidad de los productos y la ingeniería genética tienta con jugosos beneficios a las mayores multinacionales del planeta.

Pronto llegará el momento de la civilización del ocio, y los que tienen la sartén por el mango no están por la labor de hacer posible que éste sea remunerado. Su cuenta de resultados manda. Cada iniciativa favorable al salario básico de subsistencia es tachada, puede que con cierta razón, de demagógica y populística.

Es cierto que la motivación es un poderoso motor del desarrollo. Un salario por nada, sin salir a la palestra a ganárselo, puede convertir a la sociedad en un montón deforme de vagos y comodones. Pero el extremo contrario no resulta más atractivo. Otro montón de personas inadaptadas sin opción alguna para ganarse la vida puede resultar igualmente deforme y peligroso.

Con seguridad encontraríamos la virtud en el punto medio, pero para eso tendríamos que ir a buscarla. Igual que en otras muchas encrucijadas, nuestra voluntad de mejora colectiva es prácticamente nula al lado de nuestra asfixiante necesidad de beneficio individual. Necesitamos magnates generosos, políticos clarividentes e incorruptibles, ciudadanos solidarios y leyes adaptadas al momento presente. Mimbres que no tenemos para cestos que no queremos.

Ojalá, por nuestro bien, que todo cambie.

 

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Javier Peces

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