Atrevimiento – por ELENA SILVELA #misescritos

Caminaba por el centro de Madrid, sin rumbo. La mirada inatenta y el cuerpo que se dejaba llevar por los pasos. La temperatura era ciertamente primaveral y el sol desprendía ese brillo matutino especial que reluce sin abrasar. Intentaba disfrutar de su ciudad, de ese Madrid que encandila el alma de los que allí nacieron.

 ”Imposible”, farfulló. Los pensamientos volvían una y otra vez. Sabed que un pensamiento enarbolando la bandera de “preocupante” es pertinaz hasta el agotamiento. Retorna una y otra vez hasta dar con algún resorte o remedio, por pobre que sea. Sus imágenes mentales se concentraban ahora en esa categoría.

Tenía que hacer muchos cambios en su vida, estaba claro. Renunciar a gente, cambiar de hábitat laboral, encontrar una casa donde establecer el “hogar madre”, modificar sus hábitos y un sinfín de pequeños detalles más. Irse destinada fuera de España era algo más que excitante. Era un poco abismal, como tirarse al vacío para encontrarse quizá con la nada o con un pequeño infierno. Le habían dado la noticia el día anterior y hoy estaba empezando a notar los primeros síntomas de stress, un nervio anticipativo de vértigo. Había balbuceado un “qué bien, gracias” de cortesía. Ahora se daba cuenta. En esas tres palabras nunca hubo poso alguno de convencimiento.

Le rondaba por la cabeza la idea de renunciar. Por fin tuvo que reconocerlo.  Volvió a repetirse su máxima de siempre: La vida era tan corta que no podía desaprovecharla haciendo algo que no llenara el alma. Renunciar a su trabajo era factible, tenía cómo mantenerse. Ya lo había calculado un millar de veces. No tenía obligación de aceptar un destino y subir de nivel. Nadie le había puesto una pistola en la sien para decir un “sí”. Cierto era que el nuevo destino le resultaba atrayente, un país de temperatura cálida, emergente y en una buena línea de crecimiento. Pero ascender escalafones laborales no le llenaba, lo tenía comprobado.

Había una diferencia en esta ocasión. El runrún era más que evidente, mucho más potente que otras veces.  La idea imprecisa de mandar todo lo cotidiano muy lejos de sí le rondaba cada vez más cerca, más rotunda, con más intensidad  Renunciar al puesto. Vivir a gusto. Respirar cada mañana conforme a las propias ideas. Cambiar de aires. Desasirse de las etiquetas de una posición en el mundo laboral. Liberar el alma. Disfrutar del tiempo de uno mismo. Gastar poco. Vivir bien. Llenar los minutos del día de emociones íntegras, buscadas, totalmente propias…

Solo le faltaba el ingrediente principal, sin el que se transformar la mayor parte de los movimientos de este mundo : atrevimiento.

 

Fotografía de Elena Silvela.

Elena Silvela

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