ARTURO REX: la última entrevista entre Lanzarote y Ginebra

Los desafortunados amores entre Lanzarote, el mejor de los caballeros de la Tabla Redonda, y la bella reina Ginebra es uno de los temas principales de la literatura artúrica. La versión francesa del ciclo del siglo XIII cuenta el último encuentro entre ambos amantes tras el fin de Arturo a manos de Mordred, habiendo tomado los hábitos la reina en un convento.

“A continuación cuenta la historia que cuando Lanzarote se alejó de sus primos, después de vencer y destruir a los hijos de Mordrez, cabalgó errante hasta la hora de vísperas, en que llegó a un bosque grande y digno de admiración. Había caminado cuatro leguas en el bosque cuando oyó tañer una campana; se dirige hacia allí y, después de cabalgar un buen rato, ve ante sí una abadía muy hermosa y bien construida; va a la puerta y entra; salen dos criados: uno le toma el caballo y el otro le lleva a una habitación, muy hermosa y bien dispuesta, para desarmarlo. Después de quitarle las armas y haberse lavado la cara y las manos, se apoyó en una ventana de la habitación para mirar al patio; mientras estaba a la ventana, un criado fue a la abadesa y le dijo: «Señora, ha venido a alojarse el caballero más hermoso del mundo.» Al oírlo la abadesa llamó a la reina Ginebra que se había hecho religiosa allí. «Señora, vamos a ver a ese caballero, para saber si lo conocéis.» Ella responde: «Con gusto.» Y van a la sala. Cuando Lanzarote las ve venir, se pone en pie ante ellas. Tan pronto como la reina lo ve, se le enternece el corazón y cae al suelo desmayada. Al volver en sí, cuando puede hablar, dice: «¡Ay! Lanzarote, ¿cuándo habéis Regado?» Lanzarote, al oír que lo nombra de forma tan clara, reconoce a su señora la reina; entonces le entra gran compasión, al verla con el hábito, y cae a tierra, desmayado a sus pies. Cuando vuelve en sí, le dice: «¡Ay! Muy dulce señora, ¿desde cuándo vestís este hábito?» Ella le toma por la mano y lo lleva a que se siente a un lado, sobre una alfombra. La reina le cuenta cómo llegó a vestir el hábito por miedo a los dos hijos de Mordrez. Los dos lloraban con ternura.

«Señora, le responde Lanzarote, sabed que ya no debéis preocuparos de los dos hijos de Mordrez, pues los dos han muerto; pensad ahora qué vais a hacer. Si queréis y os agrada podéis ser señora y reina de todo el país, pues no encontraréis a nadie que os lo niegue.

—¡Ay! ¡Ay! Buen y dulce amigo, he tenido tantos bienes y honores en esta vida, que ninguna dama de antes se me podría comparar, ni habrá ninguna comparable. Vos sabéis bien que yo y vos hemos hecho una cosa que no debíamos haber hecho; me parece que deberíamos emplear el resto de nuestras vidas en servir a Nuestro Señor. Tened por seguro que no volveré al siglo, pues he entrado aquí para servir a Dios.» Cuando Lanzarote oye estas palabras, le contesta llorando: «Señora, pues así os place, a mí me agrada. Sabed que yo me iré a algún lugar donde encuentre a un santo hombre, en una ermita, que me reciba por compañero y serviré a Dios el resto de mi vida.» La reina le responde que le parece bien.

Así encuentra Lanzarote a la reina en la abadía en la que había entrado y permaneció dos días completos; al tercer día, tomó Lanzarote permiso de la reina llorando; ella lo encomendó a Nuestro Señor, para que lo proteja de todo mal y lo mantenga a su servicio.

Lanzarote le suplica que le perdone todos los daños, y le responde ella que lo hace con mucho gusto; lo besa y abraza al despedirse; monta sobre su caballo y se marcha; la reina quedó al servicio de Nuestro Señor, con tan buen corazón que no se le escapó ni una misa, ni maitines, de noche ni de día y se ocupó de rogar por el alma del rey Arturo y de Lanzarote; no vivió más que un año desde que Lanzarote se fue. Cuando murió fue enterrada de forma tan alta como correspondía a tan elevada dama.

Al salir de allí Lanzarote cabalgó errante, meditabundo y afligido, hasta que llegó a una montaña de rocas, en la que había una fuente y una ermita bastante alejada y oculta de las gentes; Lanzarote entró en aquella ermita y pasó el resto de su vida allí, por amor de Nuestro Señor.”

Anónimo. La muerte del rey Arturo. S XIII

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Pablo Rodríguez Canfranc

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