Arrullos – por PEDRO PABLO MIRALLES

Era una de esas tardes de domingo plomiza, densa, cielo gris y llovizna persistente, la situación y la economía no permitían especiales licencias. De vez en cuando se cruzaban la mirada hasta que ella cerró el libro, extendió su brazo derecho con la palma de la mano abierta hacia arriba, le miró tiernamente a los ojos y dijo forzando alegría en la voz, anda Pepe, ven conmigo un rato al sofá. Se volvió con gesto aburrido y aire perezoso que ella percibió al instante y fue despacito, sin disimular su falta de entusiasmo hacia esos dos brazos ahora extendidos con las manos dispuestas a recibirle a pesar de todo, era la rutina que ambos detestaban. A continuación, recostados, una serie de arrullos, besos y cariños desganados durante un buen rato mientras Tuqui, el gato, les observaba a escasa distancia, quieto como una esfinge con sus ojos verdes fijos y penetrantes. Al término de tanto apapacho ella se fue a preparar la cena mientras se decía que esto no podía seguir así, el próximo fin de semana, haga el tiempo que haga Pepe y ella saldrían de esas cuatro paredes a cualquier parte, sí o sí. Él se quedó meditativo y repanchingado como de costumbre entre los almohadones del sofá, a la espera de recibir como todos los días la ración de pienso canino La Gloria en el platillo deformado de plástico azul.

sofá abandonado de Mario Naves
Sofá abandonado. Fotografía de Mario Naves

Pedro Pablo Miralles

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