Arrugas del camino – por ELENA SILVELA

En eterna búsqueda del consuelo de los justos. La mirada de soslayo, las cejas surcadas por toda una vida. Las arrugas en la frente no delataban la edad, sí su incesante afán. Al alba se encaminaba, como todos los nuevos días, hacia el horizonte. El desafío al sol era necesario, apremiante. El calor era más un premio que un castigo divino. Sin sufrimiento no existe premio, sin dolor no hay victoria, sin empuje ni coraje no hay empresa que alcanzar. Sus pasos eran graves y largos, de profundidad, nunca a desmano y sí esmerados. La determinación en la crispación de los nudillos hacía que su puño formase una esfera de esperanzas. Caminaba sin descanso, se alimentaba de su propio aliento, siempre en soledad. En concentrada soledad. Indubitada y valiente soledad.

Abro los ojos y el entorno me resulta familiar. Una señal de “abróchense los cinturones” dos ventanillas por las que asoma un brillantísimo sol, al fondo el azul del cielo salvaje y esas nubes de algodón que únicamente pueden verse desde la altura. “Te has dormido una buena siesta. -me dice mi compañero- Tenías una expresión tan relajada que me estaba dando una envidia que ni te imaginas”.

Contesto “Sí”. Levanto imperceptiblemente las cejas y me recuerdo, por milésima vez, lo poco que sabemos del prójimo.

nubes desde avion1
Foto de Elena Silvela (iPad)

Elena Silvela

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5 comments

  1. La lucha por la vida nos hace fuertes y cada conquista nos da la satisfacción merecida, la satisfacción del trabajo bien hecho, y el consecuente relax. Sin embargo esos resultados, a veces, producen sensaciones extrañas en los compañeros. Excelente pincelada de una situación.

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