Arpillera

La arpillera se hace tejiendo estopa, que es la parte basta del lino que queda en el peine cuando se rastrilla. La remojan con queroseno (que es el petróleo de los quinqués, de los hornillos y con el que sacaban brillo las mujeres a los pisos) para eliminar gusanos y larvas. Es el genero con el que se hacían los sacos, tejido menestral y humilde. Los carboneros se cubrían durante el trabajo con una especie de hábito franciscano y pardo que hacían descosiendo uno de los lados de un saco y poniéndoselo en la cabeza como una capucha. Delante se ponían otro saco a modo de mandil.

La arpillera decora paredes de hace décadas, cubierta con insistentes manos de pintura verde carruaje comprada como impermeable, pero que deja fluir anhelos y vidas. Recuerdos, incluso amargos despertados por el frío del mármol. Imposible comunión con todos los que se han sentado en esta mesa, en todas las mesas, mientras el rojo escapulario de la bolsa de té destaca sobre la pulcra superficie higiénica e inoxidable de la tetera.

Y vuelve el destino a recordar que no existe, que solo es el refugio de los cobardes, o de los cómodos. En una hora el epítome de una vida y sobra tiempo, tantos minutos en blanco que juntan lustros de nada.

Afortunadamente queda la conversación. Y el descubrimiento de personas que mejoran el mundo con su sola presencia.

arpillera

Francisco Navarro

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