Ariadna – por PILAR RUBIO

Abrió los ojos. Lejos, ya lo suficientemente lejos, vio las velas, el foque, la mayor, tantas palabras aprendidas en tan pocos días. Suspiró. Sola por fin. Silencio aún en la playa. Demasiado temprano para los turistas, las sombrillas, las neveras, las abuelas, los críos con sus palas. Se incorporó un momento. Sacó las gafas de la mochila. El sol de la mañana sobre el metal del agua arañaba los ojos. En el silencio podía casi imaginarse oyendo el sacudir de las velas contra el viento. No había contestado a ninguno de los mensajes en su móvil. ¿A qué tantas preguntas? ¿Por qué la gente nunca lee las notas? Un folio en mitad de la mesa diciendo adiós en letras negras, bien hermosas, indelebles como la tinta negra de aquel  rotulador, y no había servido para nada. Ni siguiera entendidas, ni siquiera leídas. Joder, ni que fueran las instrucciones de la radio ¿No habían podido comprender que estaba ya cansada del maldito viaje? Aquel calor insoportable por las noches. Tantas noches sin dormir agotan a cualquiera. Tener que sonreir. Nunca un silencio. Interjecciones, nombres, adverbios, adjetivos. Corriendo sin sentido, tropezando, como en una estampida de palabras, dichas sólo para no tener que estar callados. Y luego estaba él. ¡Cuántas promesas para que se embarcara! Le iba a encantar Atenas, ya vería. Iban a ser felices. Todo sería mejor. Una nueva vida les esperaba al final de aquel periplo. Él por fin había superado el desafío, ella había supuesto un cambio inesperado, una ayuda impensable, era el nuevo objetivo de su vida. A ella ser un proyecto le pareció agobiante, pero quiso pensar que sólo era una idea. La iba a presentar a sus amigos. Seguro que les caía genial. Eran muy majos. El viaje en barco les serviría para apreciarla. Y ella le creyó, ¿por qué no iba a creerle? No analizó mucho sus frases. Ni las conjugaciones. Falta de práctica, quizá. Los estudios de lengua deberían ser como el entrenamiento militar de los suizos, renovarse unos días al año de nuestra vida emocional activa, pensó, mirando caer arena de la playa entre sus dedos.

Al principio intentó, a su manera, caer bien. Cuando la calibraron de la cabeza a los pies, eso sí, deteniendo la mirada en algún punto, pensó en mostrar que aún tenía todas las muelas en su sitio. Y no lo hizo. Muy en contra de su forma de ser. Cuando le hicieron trampas a las cartas, pudo fingir que no se daba cuenta. Se ahorró de esta manera el tener que escayolar egos después. Pero un barco es pequeño, muy pequeño, para que quepa algo como una nueva vida, y encima sin dormir. Así que un día amaneció callada. En aquella estampida, su ganado de palabras dejó de atropellar. Como una maldición, poco a poco fue extendiéndose el silencio. Uno tras otro, todos fueron callando. Desde hacía dos días sólo se oía la radio. Y el sonido del viento entre las velas. Aquellas velas, que sin saber porqué, parecían estar oscureciendo. Ellos, todos, se sentaban y se miraban en silencio, comían en silencio, vivían en silencio. Cuando alguien se cayó y gimió un poquito, lo miraron con aire de reproche. Entonces fue cuando comenzó a simular que se dormía. Y cuando ayer salieron, dejándola “dormida”, escribió aquella nota y se marchó.

No había aprendido a devanar madejas para dejar que se quedaran con sus hilos. Ella también quería matar sus Minotauros.

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Pilar Rubio

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