Aquel reloj de arena – por ANTONIO BIANQUI

Sentir mis caricias sobre tu pelo trenzado
y tiritar con la candidez de un cuerpo primerizo
sin saber cómo reaccionar… ni qué hacer.

Y posando mis manos sobre tus mejillas,
tu agitado aliento y el silencio de tu mirada,
me invitó a alojar en tus labios el primer beso
de pícaro adolescente que, desvestido del pudor,
marcó el inició de nuestro romance veraniego.

Mientras, y sin darnos cuenta, un sordo tictac
fue dejando caer uno a uno, los granos
que nos restaban el tiempo de las noches de sal,
las promesas musitadas y el dulce volar
de los iniciados labios; sepultados poco a poco,
bajo la arena de nuestra luna de agosto.

Y aquel mudo reloj nos marcó opuestos senderos
donde sólo caminaron impresas palabras,
los temblorosos besos y los tintados tequieros,
presos de unos sobres cerrados;
distanciándose con la realidad en la que durmió,
para no despertar, aquel verano.

Con la llegada del invierno, se hizo el silencio
de las cruzadas cartas, que al mostrarse calladas,
incitaron a murmurar al insistente reloj
que era el momento de olvidar el ayer, la playa,
las intensas miradas y los cálidos encuentros.

Como tú yo tuve más veranos, mas aquél,
que hicimos nuestro, quedó apresado en la noche
que en mutua complicidad, consumimos
la adolescencia…
en tan poco tiempo.

 

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