Aquel día – por ELENA SILVELA

Disimulando mi pena, entré en el despacho. Saludé con un fuerte apretón de manos, como se dan entre sí los hombres de éxito. La sonrisa fue la más grande que admitían las circunstancias. Tu mirada expectante hizo que me sentara en el asiento de los invitados como por efecto de una bofetada. Adiviné, por el brillo de tus ojos, que no tenías ni idea del fracaso de nuestro proyecto. Nadie te había contado nada. Yo era el portador de las nuevas. Maldito papel.

– ¿Qué? Venga, cuenta. Detalle a detalle, por favor.– Empezaste la conversación sin miramientos. Cerraste los ojos al tiempo para disfrutar de mi exposición. Era un gesto tuyo inconfundible, preludio de momentos de infinito placer.

No te vas a creer lo que te voy a contar y no traigo buenas noticias.- Me salió todo en una frase. Pude entonces ver tus ojos posarse sobre mí con incredulidad. Grandes, abiertos, las pupilas en fase creciente. Hice una pausa intencionada, quizá para darte tiempo de asimilar el desastre que se avecinaba y de la comisura de tus labios salió una mueca. Mezcla de desesperación y rabia.

Las malas noticias, rápido. Escupe.- Esa fue tu reacción verbal. He de reconocer que nunca fuiste cobarde.

No han aprobado el proyecto. Tampoco nos otorgarán el préstamo en el banco. Estamos en quiebra.- Tras estas palabras se hizo el silencio. Denso, fuerte, oscuro. Luego vi volar el Jarrón. La joya de la oficina. Se hizo añicos contra la puerta del salón de actos.

Aquel día ha quedado plasmado en mi memoria. Para siempre.

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Elena Silvela

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