Aquel día – por ELENA SILVELA #misescritos

Despierta con un respingo. Abre los ojos, las pupilas se asustan. Intenta situarse. Han sido dos horas de sueño, nada más. Sabe que le costó mucho dormirse, cerrar los ojos. Comienza a encajar la realidad. Ya localiza la estancia, reconoce dónde está y quién es. Recuerda lo que ha ocurrido y se abraza a sí misma, colocándose en posición fetal. No hace frío pero está helada. Se pregunta si será capaz de arrastrar el día. Dos lagrimones caen en la almohada y un nudo de grandes dimensiones se instala en su garganta. No sabe qué ha ocurrido primero, si el nudo o las lágrimas. En verdad, le importa poco. De repente, siente sed. Profunda, lacerante y apremiante sed. Se levanta del sofá, esa cama improvisada que sustituye los demonios nocturnos de un dormitorio lleno de recuerdos. Su cuerpo semeja un engendro de robot y anciana. Camina lentamente. En la cocina, bebe agua y se prepara una manzanilla. Mientras deja que repose se da una ducha rápida, desganada. Se viste con la ropa que ayer alguien dejó preparada la noche anterior. No recuerda bien quién le hizo el favor, pero ahí está. Doblada, pulcramente preparada. Se pone la falda color gris y el jersey negro de cuello vuelto. Sigue teniendo frío, aunque sabe que no lo hace; las chimeneas crepitan rebosantes y la calefacción echa chispas. Bebe la manzanilla, en un acto automático de pervivencia. Sigue teniendo sed, pero le da igual. Sabe que va a permanecer allí, dentro de ella, durante una larga temporada. Se mira en el espejo del cuarto de baño y se pregunta si debe ponerse algo de colorete. Su mano derecha coge la brocha, pero la izquierda se niega a coger los polvos. Puede que no sea buena idea. Puede que ni siquiera sea una idea. Alguien llama del otro lado de la puerta. Han venido. Tres de ellos. A acompañarla. Hoy va a enterrar a su madre. Una hija muy joven enterrando a una madre muy joven. El día anterior vivía, y lo hacía con una normalidad aplastante. En tres segundos de mierda, su corazón dejó de latir. Una madrugada cualquiera. Una noche improvisada. Una perra noche. Le toca ahora a la hija la tarea ingrata de sobrevivir, asumir, integrar y vivir. No está muy segura de cómo lo hará. Camina en dirección a la capilla del brazo de alguien que se ha prestado al paseo final. Arrastra consigo las pupilas dilatadas, el estómago revuelto y la garganta desierta. Se asombra de que las piernas obedezcan sus órdenes.

 

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Elena Silvela

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