Aprendiendo a tomar curvas – por PILAR RUBIO

-Mamá, mira esa rubia que viene, ¿qué te parece?

Elena fijó la vista al frente, por aquello de la buena educación y por su campo izquierdo  apareció, entre los edificios del campamento de verano, lo que para un chaval de catorce años, debía ser sin duda El Mito Erótico, melena lisa-rubia, piernas largas, pantalones muy cortos.

-Adios Gonza- El Mito enseñó unos dientes libres de ortodoncia al sonreir con aire vacilón.

-Pssss, parece mona.

-¿Mona? ¿Mona?, joder mamá qué es un pibón.

-Gonzalo ¿qué es eso de pibón? ¿quién es pibón?- sondeó Marta mirando con sus ojos eternamente sorprendidos a Hermano Mayor.

-Anda, calla bonita, qué estoy hablando con tu hermano. Lo que tú digas, Gonzalo. Yo soy tu madre, no un adolescente con la testosterona por las cejas. ¿Es maja?

-¿Y mí qué me importa si es maja?, qué está buenísima, de verdad ¡qué no te enteras!

Elena no entendía la hostilidad de las respuestas.

-Gonza, no le digas eso a mamá. Mamá a veces se entera.

“¿A veces se entera?” Mamá a veces recordaba historias de faquires, que se mantienen serenos sobre camas de clavos en lugar de ir por ahí soltando gruñidos a niños respondones.

-Bueno, ¿y os llevais bien?, ¿ligaste con ella?

-Al principio sí- Fue la reveladora respuesta.

-¿Al principio?- Elena había leído en algún sitio que esto es lo que hacen los psicólogos.

Uno, dos, tres, contó el silencio. Marta ahora ejercía de saltimbanqui unos pasos por delante de los dos.

-Sí mamá, al principio. Es más, todo iba genial- Uno, dos…….

-Hasta me pidió que nos liáramos- Uno, dos, tres, cuatro…….

-¿Y tú qué le dijiste?

-Pues yo coloqué tu discurso, ¿te acuerdas? aquel que sonaba tan bonito y que yo te compré.

Esta vez, Elena tragó saliva a la vez que contaba.

-Sí, eso de que el sexo es la forma de comunicación más íntima que tiene el ser humano y todo el rollo y que debíamos ir despacio y conocernos mejor.

– ¡Muy bien hijo, qué orgullosa estoy de ti. Eres todo un hombre. Supiste decir sí a lo que querías decir que sí y que no a lo que querías decir que no!

Inspiró profundamente y se encomendó a las fuerzas superiores, rezando porque hubiera colado el argumento. Pero Gonzalo era un maestro del crescendo, por algo había ido al campamento de música.

-Así que, ¿tú crees que soy todo un hombre, verdad?

Se podían oir los trémolos de fondo.

-¡Por supuesto!- Se notó sobreactuada pero ya estaba dicho.

-Vaya, ¡Qué bien! Pues yo creo que soy un gilipollas- Gonzalo tomó aire mientras Elena llegaba hasta el seis.

-Y no sólo lo creo yo, lo cree Laura, que es como se llama la rubiaza ¿sabes?, y sus amigas, y todo el campamento, porque lo han ido contando por ahí.

Se podían oir las pisadas aún en la hierba.

– Y Luis también, sí, mi mejor amigo, el que media hora después se había liado con ella, para consolarla según dijo.

-¡Puto buitre!, ¡pues vaya un amigo!, Gonzalo, mándale a la mierda- intentó Elena un regate tosco, una entrada al hombre. Calló de golpe. Marta, menos mal, miraba despistada un macizo de flores.

-Gracias, mamá, ya lo hice, si no es por ti, ni se me ocurre. Ahora, te digo, el año que viene, la tía no se me escapa. ¿Qué opinas de la historia?.

Ella se vio muy cerca de la cama de clavos y sin entrenamiento. Tuvo una inspiración.

-Qué ya estás listo para la siguiente lección, aunque me parece tan pronto…., casi ni me doy cuenta de que eres ya un adulto, bienvenido-Aquí la voz era importante, debía sonar vulnerable y lastimera- cuando se duerma tu hermana, comentamos.

Acelerando el paso, agarró la mano de su hija que ahora perseguía dos mariposas, llegó hasta el coche y sacó algunos refrescos. Haciendo malabares con la tensión dramática, la Coca-Cola, la niña y las maletas consiguió un armisticio.

La autopista era una línea recta, el trío de cuerda invadía el coche, el aire acondicionado funcionaba, Gonzalo calladito, parecía estar superando su tragedia. El mundo era feliz. Hasta el susurro de Marta:

-¿Sabes Gonza?, voy a aprender muy rápido, tan rápido que primero te voy a pillar y luego te voy a adelantar.

-¿De qué hablas canija?

– De todo- Los trémolos de nuevo. Los nudillos de Irene blanquearon sobre el volante.

-De la música, habla de la música, Gonzalo, ¿de qué va a hablar la niña?.

Miró a ambos por el retrovisor, deteniendo los ojos un momento en la sonrisa pícara de Marta. Terminaba la autopista, comenzaban las curvas. Tendría que estar atenta para cambiar de marcha y manejar el volante. Tal vez aprendería a derrapar. Sería una buena idea estudiar algo más sobre faquires.

CAMPAMENTO2

 

Pilar Rubio

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