Antes de partir – por EVA MARÍA CASTILLO

Le valía cualquier destino que anunciara salir de allí, dudó por un momento si dirigirse al andén de largo recorrido, o quizás más cerca, se adentró en la estación con paso firme, como quien tiene el billete en la mochila y calcula el tiempo de trayecto al lugar donde le esperan, así que puso su mejor empeño en saber cuanto tardaría el tren, incluso miró el reloj, de nada le sirvió pues sólo podía retener la idea de que pudiera ser distinto, irse, irse, irse.
Olvidó decirle que le quería, que necesitaba romper con los esquemas adquiridos por acumular días repetidos, ansiaba recorrer otras calles y descubrir lo que espera al andar el camino y dejarse sorprender por la risa o el llanto que consuela.
Olvidó enseñarle que no quería seguir llenando las horas y los días de carreras de relevos, hoy a mí, mañana a tí, anotando la vida para igualar el tiempo que estaban juntos y sentirse compensados en la entrega mutua o en la cesión de principios aprendidos, rutinas alteradas que sostienen las ruinas de lo construido.
No sentía miedo de desandar sus pasos y pedir perdón por los errores que lastiman a quien al lado estuvo y ofrecer la mano a quien dejó en el camino con la mirada franca para comenzar de nuevo.
Olvidó, como se olvidan las cosas que duelen, esas que se esconden al fondo pensando que no verlas es el analgésico para el presente y se preguntaba cuál era el motivo de esa desazón que no deja disfrutar de lo bello cuando aparece.
Sintió alivio al ver llegar el tren, cómo se dibujaban las respuestas en el trasiego de pasajeros que subían y bajaban mientras recordaba todo aquello que dejó olvidado antes de querer partir.
 

Eva María Castillo

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