Ante el día de los muertos – por PEDRO PABLO MIRALLES

Desde que uno nace hasta que pasan la niñez y la juventud, conforme se crece, se aprende la fecha de nacimiento y ahí queda para siempre como punto de referencia temporal que se suele celebrar con mayor o menor solemnidad, los que lo celebran. Se crece y parece que los años pasan muy despacio, se vive cada instante como si fuera el más importante de la vida. El futuro se ve lejano, inasequible y se confía en que algún día llegaremos a él para seguir viviendo poco más o menos que de forma indefinida como si la muerte poco tuviera que ver con nosotros.

Pasa la juventud, llega lo que se conoce como madurez aunque en la vida nunca se deja de madurar y, poco a poco, de forma espontánea, se deja de prestar tanta atención a la fecha de nacimiento. Y después empieza a preocupar más la proximidad de la muerte y se hace un gran esfuerzo para disfrutar al máximo del presente, del ahora mismo, que pasa mucho antes de lo que nos imaginamos. A unos les preocupa más la muerte que la vida o viceversa y con mucha frecuencia se comete la sandez de banalizar una u otra o las dos.

Ante ese discurso del miedo a la libertad tan extendido como impuesto, ajeno al respeto a la vida y a la muerte, me vienen a la mente algunas reflexiones y pensamientos sobre las que discurro a mi manera, como por ejemplo, ¿cuándo se enseñará a los humanos, desde pequeñitos, que la muerte forma parte de la vida, no es una tragedia sino un camino que hay que recorrer, viviéndolo con integridad, respeto al próximo y de forma generosa, aceptando la muerte con dignidad?, ¿por qué las religiones suelen utilizar la vida y la muerte como chantaje y así ganar seguidores atemorizados con el más allá y parcelitas de poder del más acá?

Por eso no me gusta eso de la tercera edad ni llamar abuelos a los viejos, porque son eufemismos tan paternalistas como engañosos que ocultan la realidad de la vida y de la muerte. Prefiero hablar lisa y llanamente de vejez como una gran fuente de sabiduría. Cada uno sabe cuándo llega a la vejez, a ser viejo, por bien o mal que esté su salud. Los próximos de las personas viejas también se percatan de ello y tampoco tienen por qué ocultarlo ni manipular esa realidad. Luego viene la muerte y después, que cada piense lo que crea conveniente. Lo importante es vivir hasta el final y aceptar la muerte sin miedos, como lo que es, que no es un drama ni una tragedia pues forma parte de la vida. Y además, para los próximos, sean estos creyentes de religiones, ateos o agnósticos, el recuerdo de los muertos siempre es una lección de vida que permanece en el tiempo y, pienso yo, es sano e importante cuidar.

 

Patio de Santa Gertrudis. Sacramental de San Justo. Madrid.

Pedro Pablo Miralles

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