Amores e injusticias entreverados – por PEDRO PABLO MIRALLES

Carlos no dudó en ningún momento llevar a cabo sus planes. Subió al segundo piso, apartamento 215, en la Avenida del Cántaro. Llamó al timbre y al poco le abrió Simón que todavía estaba a medio vestir. Se dieron un abrazo sin especial entusiasmo y Carlos le dijo, “vamos, que se hace tarde”. Simón terminó de arreglarse, llamó al trabajo para decir que se iba a retrasar un par de horas porque le había surgido un asunto personal que no podía desatender y a continuación pidió por teléfono un taxi.

Se dirigieron a la vivienda de Susana, que les recibió asombrada de que llegaran juntos y nada más pasar al cuarto de estar Simón le espetó, “el juego ha terminado, ambos estamos de acuerdo, él o yo”. Ella, con su voz suave y segura de la respuesta, dijo mirando a Simón, “los dos sabéis perfectamente que lo nuestro terminó hace meses” y, mientras decía esto, movió ligeramente la cabeza hacia donde estaba Carlos. Este, sacó una pistola y sin que Simón pudiera mediar palabra le descerrajó tres tiros que le causaron la muerte instantánea.

Después de que Susana le pidiera el arma, que empuñó apuntando al suelo y dejó sobre una mesa, se sentaron en el sofá con parsimonia sin dirigirse la mirada y la palabra. Cuando se escuchó la llegada de la policía por la escalera del edificio, que fue avisada por los vecinos alarmados al oír los disparos, Susana dijo a Carlos sin hacer un gesto, “te seguiré queriendo como siempre y toda la vida, tú lo sabes”.  Una vez esposados fueron conducidos a la Comisaría donde, después de prestar una larga declaración, fueron llevados a los calabozos del juzgado de guardia.

La instrucción del procedimiento penal contra Susana y Carlos duró año y medio, tiempo durante el que permanecieron en prisión provisional acusados de asesinato. El juicio se celebró y la sentencia estableció como hecho probado que Susana disparó a sangre fría con una pistola a Simón después de haber mantenido una discusión con éste y  Carlos. En el fallo se  absolvió a Carlos y se condenó a Susana a la pena de dieciséis años de prisión por la comisión de un delito de asesinato con alevosía. Los dos recursos judiciales posteriores no fueron admitidos y la sentencia quedó firme.

Al cumplir doce años de condena se concedió a Susana el tercer grado y un régimen abierto bastante generoso debido a su buen comportamiento. Desde que se dictó la sentencia recibió visitas periódicas de Carlos conforme a las pautas de la normativa carcelaria y convivió con él durante el tiempo que salía de la cárcel. Ya en libertad, cumplida la pena, se trasladaron a vivir a una localidad costera donde nadie les conocía y pronto encontraron trabajo. Hoy llevan una vida normal y en el barrio donde se instalaron pasan por ser una pareja ejemplar muy querida y respetada por todos.

Dibujo de Pedro Pablo Miralles

Pedro Pablo Miralles

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