Amor y muerte en el cálido sur, por JAVIER PECES – #escritos

Le conoció en una red social, refugio de toda suerte de corazones solitarios. Así es como se conoce a la gente en estos tiempos modernos.

Físicamente muy hermosa, químicamente también. Ningún atisbo de top modelismo, ese vicio por el que algunas personas corrientes creen ser comparables a las famosísimas de la pasarela. Es fácil detectarlas. Un cuerpo más o menos bonito, esculpido a base de biomanán y renuncias. Unas gafas caras, unos vaqueros de moda y un cinturón de diseño. Salta a la vista. No es el caso.

Intelectualmente limitada pero consciente de sus carencias, supo ganarse el cariño y la confianza de aquel hombre de mediana edad. Acertó a tratar con él sin aburrirle y sin exponer su flanco débil. Tal vez le enamoró a pesar de que, como buen desengañado, nadaba guardando la ropa.

Su físico privilegiado siempre fue un problema. Todos los babosos del ciberespacio lanzados en tropel a perseguir a la rubita descarada. Por esa razón, esta vez jugó a ser lesbiana declarada. Enarbolar la bandera de la absoluta convicción homosexual también fue duro, porque en estos tiempos modernos la otra acera se ha llenado de babosas persecutorias.

Pronto se vio, casi sin darse cuenta, lanzada al juego de la provocación. El magnífico e inesperado control de las emociones que él exhibía se erigía ante ella como un muro infranqueable. Pero esto no hacía que cundiera el desinterés, todo lo contrario. Cuanto más racionalizaba él la situación, más esfuerzo empeñaba ella en la conquista.

No lo pensó más. Tomó unos cuantos días libres y reunió unos cientos de euros. Se dirigió decidida a la estación del tren. Un rato después estaba allí parada, en la puerta de la estación de Santa Justa, esperando la llegada de su incrédulo interlocutor, que nunca creyó que aquella relación escapara del estricto plano virtual.

Pocas horas más tarde, una inspectora de policía intentaba tranquilizarla.

Amanecer al lado de un cadáver no es un trago agradable, pero tampoco es imposible. Tanta pasión puso en el encuentro, tanto entusiasmo hubo en el momento amatorio, que el corazón de su maduro compañero de cama no pudo aguantar.

Sucumbió sin aspavientos, de manera silenciosa. Ella supo que ocurría algo raro al sentir tremendamente frio el cuerpo de su infortunado amante. Algo completamente anormal en la tórrida madrugada sevillana.

Nada pudo hacer el equipo de emergencias, salvo certificar el fallecimiento y dar alguna tranquilidad médica a la horrorizada muchacha. No hay enfermedades de ningún tipo. Salvo por el asunto cardíaco, estaba completamente sano. De hecho, ella había sentido muy de cerca su salud, en forma de cálido abrazo, durante las horas que duró el apasionado lance.

La muerte más dulce.

No quiso esperar al contacto con sus allegados. Demasiadas preguntas, demasiados asuntos poco claros. Apenas había concluido la pesquisa policial cuando, mediando información de contacto, pidió permiso a la inspectora para volver a su Barcelona natal.

Ignoró, absorta en sus pensamientos, los accesos de todos los sevillanos y foráneos que intentaron lo habitual en el viaje de vuelta. Trató, sin éxito, de deshacer el nudo de su estómago con un emparedado ferroviario. Tras un par de gintonics en la cafetería del tren, el cansancio hizo mella y se quedó medio dormida en el asiento.

Soñó que todo había sido un sueño. Lástima que el anuncio de la llegada a Zaragoza Delicias devolvió su maltrecho cuerpo a la cruda realidad. Trató, en vano, de arrinconar el recuerdo de los brazos, fuertes y acogedores, del gran amor de tan solo unas horas. Sintió tener mil años más sin haber envejecido un solo segundo.

La congoja y la falta de descanso marcaron profundas ojeras en su rostro. El único signo de la horrible experiencia. Bajó del tren, depositó la maleta en el suelo, extrajo el asa y recorrió a pie el camino a su casa desde la estación de Sants. Más o menos cuarenta minutos de un aire fresco y húmedo que hacía presagiar alguna suave llovizna.

Un recuerdo persistente, un abrazo que se negaba a terminar, un aroma indescriptible pero inconfundible. Una mezcla de sensaciones que consoló y a la vez desesperó durante meses a la otrora alegre muchacha. Se había hecho mayor de repente, y se había quedado, en unas horas solamente, sin aquel que le dio a probar el dulce cáliz de la plenitud.

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Javier Peces

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