Amo mi casa, por MARIBEL MONTERO #escritos

Querida casa: Nunca te dije que te amaba porque me parecía innecesario, o cursi . Al fin y al cabo eres sólo una estructura hecha de ladrillos y de otros materiales, ignífugos o no, que forman tu esqueleto y tu carne dura reforzada con argamasa de cemento. Un compendio de vidrios, tochos, cal, cemento y esfuerzo colectivo, al que no prestaba demasiada atención, como no se presta atención a lo que se considera un derecho.
Sin embargo, casa mía, eres el núcleo en torno al cual gira parte de mi vida, y tus habitaciones son los órganos de ese cuerpo que me arropa, me acoge y me secuestra como los amores reñidos a los que siempre vuelves.
Órganos por los que deambulo, a los que visito y reconozco como propios, como ventanas de mi alma que se abren cada día para airearme.
Te imaginé ya hermosa cuando eras apenas un rectángulo de tierra con una palmera en el centro y las malas yerbas te invadían como un sarampión verde. Pero aún no eras tú, había que levantar tus cimientos, porque toda obra con vocación de permanencia debe tener los cimientos bien asentados.
Por fin eras algo más que una promesa, una promesa a escala, un laberinto de líneas sobre plano y unos tributos municipales. Fue un parto difícil, con hierros, grúas, albañiles y arquitectos. Naciste de pie, y tu cabeza se irguió orgullosa mirándome desde tu altura ministerial.
Te llevaste, es cierto, parte de mi tiempo, de mi tranquilidad, de mis uñas, como un hijo déspota. Me pediste dedicación exclusiva, como un amante celoso.  Te vestí, te acicalé, aireé y sacudí todos tus rincones, puse orden en tus cuartos, porque una casa en orden ayuda al propio orden interior. Al menos a mí me ayuda. Será porque estoy hecha de rincones caóticos y desordenados.
Pensaba en voz alta por los pasillos, de puro contenta, te hablaba como se habla a veces a las plantas, como se habla a los animales, a las personas, cuando esperas sólo que te escuchen.  Tú eras la escuchante perfecta de mis desvaríos, tan comprensiva como una abuela.
Pero no calculé tu poder y tu fascinación, no podía adivinar de qué materia estaba hecha tu fuerza. A punto de salir, me quedaba de pronto escuchando una música que parecía brotar de una garganta de finas cuerdas melodiosas, afinaba el oído y me dejaba enredar en aquellos arabescos sonoros, tan dulces y alegres como el sonido de un arpa. En aquella luz blanca como el velo de una novia, que se derramaba  como un bálsamo luminoso por el comedor. En la fragancia marina que respiran tus poros de ladrillo y que exhalan después tus paredes y tus balcones, llenos de petunias moradas y fucsias.
Cualquier excusa servía para quedarme: perdía las llaves- sí, soy de ésas que siempre pierden llaves- o me acordaba de que había dejado abierta alguna ventana, o una luz encendida, y esta ventana abierta, o esta luz encendida, eran las redes que me tendías para retenerme, para que volviera a ti, a ovillarme en el sofá y dejar que la vista se perdiera distraída en tu piel de colores pastel, en las queridas fotografías o en tus espejos, que tiraban de mí desde su centro transparente.
Querida casa, sé que tú también me amas, aunque seas aparentemente fría y mineral, sé que me envías guiños de ternura con esos rayitos de sol que acarician mis mañanas,  y en las noches de tormenta te mantienes firme, me consuelas con tus brazos robustos, con tu respiración caliente y sosegada. Y cuando la lluvia arrecia y golpea en la claraboya, en las ventanas o el tejado, te imagino sorteando el temporal como un barco en el océano, apartando los rayos de mi como un inefable dios del hogar.

 

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Maribel Montero

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